LA LÍNEA NARANJA

la línea naranja

 

Por TP Ahumada

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Las cartografías fueron presentadas en las Naciones Unidas. Hubo quejas, pero la decisión estaba tomada. La Línea Naranja comenzaría a ser construida el próximo primero de diciembre.

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Muchos dudaron en que eso pudiese materializarse, otros imaginaron un siglo entero para lograr esas obras, la realidad fue distinta, en sólo un año, la Línea Naranja entró en funciones dividiendo al mundo en dos.

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Juan Valdez de Colombia, comanda un narco submarino, “El Llanero”. Desde siempre le paga el Cartel de Medellín y no cree en la Línea Naranja.

—Pamplinas —escupe soltando saliva hacia sus dos marineros— es otra mentira gringa, como no dirigen este negocio nos lo quieren estropear.

—Pero don Valdez… El primo de mi mujer era coyote en Tijuana, transportaba ilegales a los Estados Unidos… Me cuenta que la Línea Naranja existe y le arruino la vida, ahora sigue siendo coyote, pero en Chiapas, introduce hondureños de Guatemala a México.

—La Línea Naranja, es pura escenografía… Pamplinas, luces artificiales… Ya vamos a ver qué pasa cuando la cruce “El Llanero” —alardea Juan Valdez.

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Muchos, ilustrados o tontos, opinan como Juan Valdés de Colombia. La prensa los sindica como “negacionistas” y consideran su punto de vista en extremo peligroso.

La Línea Naranja no da advertencias ni es desactivada jamás. Mide dos kilómetros de ancho por tres cuartas partes del mundo y es visible en el cielo, en la tierra y en el mar. En cuanto a puertas de entrada o salida no dispone de ninguna. Es un muro etéreo que mata a quien se atreva a invadirlo.

Su razón de ser es el hartazgo de los llamados Estados Centrales. Durante siglos los Estados Periféricos los culpan de todos sus males cuando en verdad son sus propias malas gestiones quienes los producen. A mediados del siglo XXI, —a los centrales— ya no les interesa nada que pueda existir en el mundo periférico, hoy, simplemente, se proponen desentenderse del eterno caos existente al otro lado de la flamante Línea Naranja.

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El derrotero de “El Llanero” finaliza en Haití, allí descarga la mercadería entregándosela al Cartel del Yucatán.

—¿Por qué este rumbo, don Valdez? —inquiere preocupado Salvador, uno de sus dos marineros.

—Voy a demostrarles que tengo razón —ruje Juan Valdez apuntada la proa en dirección al Triangulo de las Bermudas, geografía ubicada al otro lado de la Línea Naranja.

—A mí no me interesa probar nada —interviene Patricio, el otro marinero.

—Pues a mí sí —sostiene Juan Valdez, tozudo como un borrico.

—No, no, no… Yo allí no voy don Valdez… déjeme en el primer islote…

—Ustedes se vienen conmigo… —pone orden Juan Valdez desenfundando una treinta y ocho Smith & Weston.

Hay más armas en el mini submarino, pero Juan Valdez las ha encerrado bajo llave. En cuanto a apuñalarlo o reducido, bueno, por algo le dicen don Valdez y no Juan a cecas.

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Navegan en superficie, habitualmente la guardia costera estadounidense patrulla estas aguas en busca de naves como “El Llanero”. Mas en esta ocasión no hay ninguna a la vista.

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Establecida la Línea Naranja, los llamados estados centrales abandonan las Naciones Unidas. Las famosas relaciones bilaterales quedan suspendidas indefinidamente. La política en Medio Oriente ya no recibirá consignas, alianzas o apoyos de nada ubicado sobre el lado bueno de la Línea Naranja. Protesta Israel esta orfandad, mas sus gritos ya no alcanzan Washington o Walt Street.

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El Llanero” avanza a toda máquina. Santo Domingo queda atrás, los dos marineros la maniobran encañonados por Juan Valdez.

—Miren, allí está… Una artimaña, igual que en los recitales de Cisco, todos efectos lumínicos…

—Don Valdez, recapacite, esa cosa mide dos kilómetros de ancho y por todos lados anunciaron que es mortal… —afirma Patricio manipulando el timón.

—Observen… ven lo qué digo —grita Juan Valdez señalando a un barco pesquero luchando con un pez vela— Ya verán como no les pasa nada.

En su persecución la nave pesquera comienza a aproximarse a la Línea Naranja y entonces, cortan la tanza y dan media vuelta mientras el pez vela escapa como una flecha hacia el peligro.

—Ha visto Don Valdez… soltaron al pez y se alejan… nadie se mete en ese lugar.

—Turistas cobardes… se creen todas las noticias… Ya van a ver ustedes como “El Llanero”…

Los dos peones navales no pueden saltar de la nave, son aguas de tiburones y ni siquiera existe en el narco submarino un solo chaleco salvavidas.

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Mediante sus buenos prismáticos Juan Valdez observa como el pez vela se adentra en la Línea Naranja brincando de vez en cuando.

—Lo veo… sigue vivito y coleando…

—Pero don Valdez, eso está en las noticias, la Línea Naranja no se mete con la fauna…

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Describir la Línea Naranja en verdad obliga a pensar en un espectáculo psicodélico. Se eleva alcanzando la estratosfera y desciende hasta las más remotas profundidades marinas sin perder su color. No hay ladrillos ni alambres, sólo es luz.

—Proa a estribor…

—No lo haga Don Valdez…

—Proa a estribor he dicho…

Al entrar en la Línea Naranja todo se tinta de colores ocres, incluso el cielo.

—Yo tenía razón… puras pamplinas… otra mentira de los gringos.

Superados los veinticinco metros los motores se detienen y la brújula deja de señalar al Norte mientras aletas escualas merodean al sumergible.

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Treinta años en el oficio, los mini submarinos, el Caribe, el Pacífico, siempre trabajando para el Cartel de Medellín y respetando las alianzas del momento. No es un pirata, pero si un viejo lobo de mar.

—Pamplinas, otro truco gringo, aquí no está pasando nada…

Le agrada utilizar esa palabra, en un puerto de traficantes la escuchó una vez y la incorporó a su lenguaje.

—Debería mirarse en un espejo, Don Valdez… —balbucea Patricio y cae al suelo envuelto en convulsiones.

De sus ojos, nariz y orejas brota sangre oscura mientras los poros de su rostro también comienzan a sudarla. Igual le ocurre al otro marinero mientras Juan Valdez se lleva la mano a la cara para retirarla cubierta de sangre.

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“El Llanero” ya flota a la deriva. Quizás acabe varado en la isla de Puerto Rico o, tal vez, la Línea Naranja active algo y lo hunda sin aviso. Al proceso mortal se lo denomina “Licuado de cerebros”, es feo y mientras algunos mueren al instante otros no.

—Puras pamplinas.

TP Ahumada, de “Crónicas de Periferia 4: Los tiempos anteriores”.


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