EL ASUNTO PENDIENTE DEL CAPITÁN PEDRAZA

El asunto pendiente del capitán Pedraza.

Por T. P. Ahumada

1

Enfrentó la tempestad con malas intenciones. Encerrado en su camarote soltó ordenes confusas sobre la tripulación bisoña, el segundo de a bordo acababa de morir y eso le dio rienda suelta para cumplir sus deseos.

Vapuleado por las olas, perdido el trinquete, el bergantín acabó estrellándose sobre una lengua de escollos negros internada en el océano desde una costa cercana.

2

Sólo uno pretendía morir y sólo uno se salvó. El mar lo vomitó sobre la playa aunque él no ejecutara una mínima brazada. Despertó bajo el sol de la media mañana sosteniendo aún esa garrafa de ron encorchada.

Reconociéndose vivo blasfemó. Por pura rutina oteo los alrededores, cielos celestes, playas extensas, unos riscos negros derramándose sobre el mar en una lengua. Se quitó las botas, descorchó la garrafa, la besó.

Del “Sísifo”, su bergantín, apenas algunos maderos alcanzaron la arena, —leña— definió el capitán Pedraza entre dientes. En cuanto a los tripulantes, ni siquiera sus cuerpos muertos lograron alcanzar esa orilla.

3

El ron apagaba su sed incrementando su insensatez. Después de la arena, rumbo al interior de esa isla, se erigía un palmar profuso digno de los mares del sur. Abúlico se internó en él.

4

Pretender convertir al veloz Sísifo en su propio mausoleo encontró su razón en una cuevera de Anguiano radicada en la ciudad puerto de Santander. Al regresar de aquel difícil viaje a las islas Molucas, el capitán le propuso matrimonio y la mujer, ya veterana, dijo “no” finalizando tres años de interrumpidas relaciones.

En mayo de 1779, Jordán Izquierdo, un naturalista tan escuálido como don Alonso Quijano, contrató al Sísifo volviéndose su armador. La meta: alcanzar las islas Galápagos esquivando el Cabo de Hornos; una travesía larga.

Ofuscado en su desaire, el capitán Pedraza despidió a la experimentada tripulación del bergantín contratando bisoños y entonces partió.

5

Buscando morir de inanición o sed, arrojada la garrafa ya vacía, el capitán se interna en ese mundo de palmeras, helechos y orejas de elefante. No lo pica ningún bicho ponzoñoso, no lo muerde una serpiente, no surge de la nada algún cazador de cabezas.

Gruñe el estómago, la lengua henchida, duelen los dientes de no masticar cuando de repente escucha un sonido cantarino anunciando la inmediatez de un claro.

Un peñón negro asaltado a medias por la vegetación, lo custodia la talla de un rostro de aspecto similar a esos que suelen habitar las selvas birmanas. De su boca mana un hilo de agua encargado de alimentar un estanque de bordes tramados en jade.

Su mente se cierra tentada y se zambulle en esas aguas deliciosas obnubiladas sus intenciones de encontrar un final.

Pierde la noción del tiempo, el calor es feroz al norte del Trópico de Capricornio, finalmente emerge notándose distinto, la mala visión de la edad ha trocado atiborrando al mundo de detalles.

6

En 1796 una goleta holandesa arriba a esas costas buscando riquezas y decidida a dibujar esa isla en el mapa; pero no encuentran nada salvo al capitán Pedraza.

El señor Zondervan[1], contramaestre del “Schooier[2]”, interroga en español al náufrago y sus respuestas lo obligan a sospecharlo pirata. El hombre da la fecha de su naufragio, 1779, han ocurrido diecisiete años y este tal capitán Pedraza no luce como alguien mayor de treinta, restando, esté desconocido, habría sido el comandante del Sísifo a sus trece, algo improbable.

—Vale, “capitán”… Voy a aceptarle en el “Schooier” porque nos faltan tripulantes… Oficiará de simple marinero sin recibir paga… Nos dirigimos a Melbourne, allí completaremos nuestra marinería y a usted le tocara desembarcar.

Tocaron Melbourne y la promesa del contramaestre Zondervan jamás se cumplió. El presunto capitán Pedraza no sabía enfermar ni sufrir la sed de los mares. Infatigable defendía la carga asegurando nudos cuando las olas barrían la cubierta.

7

Después de tres años el “Schooier” tocó Manila, y el capitán Pedraza se despidió de esa goleta.

Imposible permanecer en ella, sabiéndolo incansable sus camaradas comenzaron a temerle mencionando a sus espaldas la palabra brujería. En cuanto al contramaestre Zondervan, sólo sentía la pérdida de un excelente marinero.

8

Adquirió una finca miserable en los extremos de Luzón, de tanto en tanto interrumpía su ostracismo visitando algún puerto donde chocando copas con marineros se enteraba sobre las cosas del mundo. Así supo que los franceses decapitaron a su rey, que el vasto imperio español americano había quedado reducido a la isla de Cuba y que los mexicanos fusilaron a su emperador.

No obstante, en 1898, la realidad tocó a su puerta vistiendo uniformes yanquis. El capitán Pedraza los recibió de mala gana; estos no venían a comprar nada, llegaban para ocupar su humilde finca. El español escupió un “no” y entonces, un tal sargento Cooper, le regaló un disparo de su Colt ’45. Entendiéndolo agónico lo arrojaron en un zanjón del cual Pedraza escapó esa noche con sus heridas curadas.

9

Por años vagó por el mundo, de vez en cuando se enganchaba en algún barco y así, en 1937, el Dimitrios recaló en esa isla conocida. Ya no estaba desocupada, allí flameaba la bandera del sol naciente. Pedraza recordó sus malas intenciones, hoy transformadas en banal signatura imposible de cumplir. Con permiso de licencia se internó en la selva, recordaba como llegar y la alcanzó.

De la boca de ese rostro birmano ya no brotaba agua, el estanque cristalino estaba invadido de malezas. El capitán pensó en su funesta suerte, sin proponérselo acabó topándose con esa maravilla que tantos buscaron en otras latitudes. Perseguía la muerte, pero está lo eludió tentándolo a zambullirse en la fuente de la eterna Juventa.

 

Extraído de: TP Ahumada, “Derroteros por los mapas de Piri Reis”.

[1] Zondervan: En holandés “Sin Nombre”.

[2] Schooier: En holandés “Mendigo”.


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