EL CONEJO DE PASCUAS

el conejo de pascuas

El Conejo de Pascuas es un relato con todos los condimentos de la serie negra ambientado en los alrededores de Floresta y -a la vez- es una reflexión sobre la semana santa.

«Te paso la antorcha”
Maratonista olímpico.

 Por TP Ahumada

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La prensa acostumbra llamarlo “el Conejo de Pascuas” porque sus víctimas aparecen en Semana Santa. Desde hace años siempre es igual, un hombre común escoltado por dos ladrones de poca monta. Los duerme, los viste y los clava; para cuando la policía llega apenas hay tiempo de resucitarlos, pero siempre hay tiempo.

2

Es miércoles y mañana, jueves santo, desaparecerán los tres. El inspector Rafecas está atento. Ha estudiado el mapa he imagina que los secuestros ocurrirán en algún punto cercano al barrio de Floresta. De tener razón, el Conejo de Pascuas, acabará dibujando una cruz sobre la geografía de la dos veces fundada Buenos Aires.

3

Martín Etchegaray sale de casa con rumbo al quiosco, nunca regresa. Oficinista, dos hijos, su vida es la de un hombre común.

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Las ratas están agrupadas en plazas y cuevas. En esta ocasión decidieron colaborar con el inspector Rafecas porque son ellos mismos quienes están en peligro y en verdad le tienen miedo al Conejo de Pascuas.

—Amigu, pasame con el gato Rafecas.

Es la barra de la Plaza Falcón, desapareció “El Quique”.

5

Escritorio metálico, el plano de Buenos Aires, la vieja Remington con los tipos entintados —un recuerdo de otros tiempos—, y la llamada del “Maula” Roberti dando aviso de la tercera desaparición.

Observa el mapa, busca el escenario y allí está el viejo cine Gran Rivadavia otra vez en alquiler.

Lee el perfil suministrado por la central: “hombre fuerte, entre veinte tres y cuarenta y cinco años”.

—No se esforzaron demasiado… —balbucea el inspector y se calza la reglamentaria en su sobaquera.

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Sólo es un palpito que se está cumpliendo. Le cuenta al comisario a donde va.

—No te puedo dar a nadie, ya sabes que todos están en la calle buscando a ese maldito Conejo de Pascuas y lo tuyo sólo es una sospecha…

7

Las monjas descienden de la furgoneta. Sonríen y hablan como monjas mientras meten en el cine esas tres alfombras. Son las de habito gris, menos una todas son jóvenes; la mayor sólo carga una caja de herramientas.

8

Tarda en reaccionar, cuesta creerlo. Al Gran Rivadavia sólo se puede ingresar por el frente y ellas lo han hecho tan tranquilas y joviales.

Su modus operandi es simple, los duermen, los empastillan, los clavan en una pared, y el domingo llaman a la redacción de algún diario. Entonces la policía llega junto a las ambulancias y el equipo médico se encarga de “resucitarlos”.

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—Alto, policía…

Ya los han cambiado y vestido al mejor estilo de cualquier viacrucis. Las bocas amordazadas con cinta adhesiva. Martillo y clavos listos.

10

Ha pasado un año. El Conejo de Pascuas se convirtió en “El clan del Conejo de Pascuas” y la prensa ya lo olvidó mientras el hogar de esas monjas misioneras todavía esta encintado. Suelen operar en el África, Buenos Aires es su lugar de descanso y estudio; aquí se vuelven médicas o ingenieras. En cuanto a explicaciones…

—No matamos a nadie, sólo intentamos revivir el verdadero espíritu pascual… nos asquean esos huevos de chocolate… sus envoltorios coloridos… ese derroche… esa abundancia mercantilista…

Es jueves santo y el “Tuli”, un cafishio de Floresta, telefonea al inspector Rafecas.

—Hola jefe… me desapareció el “Dos Ojos”.

TP Ahumada. Extraído de “Hampones”.


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