EL DAÑINO

el dañino

Por T.P. Ahumada

1

Cuando el viento sopla desde el noroeste los ancianos perciben su llegada. Un flagelo peor que el almamula santiagueña o el lobizón rioplatense. Sus manos cortan como alicates, su aliento derrite el cobre o el estaño. No se trata de un personaje rural, su ámbito es la urbe y no hay dos, tres o cuatro, sólo existe uno, “el solitario”.

Acostumbra merodear el cercano oeste bonaerense privilegiando las ciudades fundadas a la vera del Ferrocarril Sarmiento. Es fácil notar su presencia; automóviles descompuestos, cortes energéticos, interferencias en las señales de comunicación —en 1929 eran los aparatos de la Unión Telefónica; en el 2015, la internet—… A todo esto y mucho más, el Dañino descompone.

2

Sus padres fueron el Gran Adriano y la Mujer sin Boca. El Gran Adriano era un forzudo sinigual, la Mujer sin Boca, una pitonisa infalible; allá por 1893 el matrimonio trabaja en el “Circo del Mago Baltazar”, un carnaval ambulante regenteado sin piedad por un gitano tuerto y picado de viruela.

El niño, el Dañino, nace ya con dientes en Junín durante una función donde el Gran Adriano levanta por sí solo a un tapir. Cabellos negros, labios delgados, la tez pálida, sus uñas largas y duras como piedra. La Mujer sin Boca elige su nombre, pero ya nadie recuerda cuál fue.

En 1897, el gitano tuerto conmina a sus padres a abandonar el “Circo del Mago Baltazar” o deshacerse del Dañino.

El Gran Adriano no está orgulloso de su hijo mientras la Mujer sin Boca no puede hablar.

Aquello aconteció frente a un lugar llamado el Lago del Bosque. En verdad allí existía un bosque y un lago, pero el bosque no contaba con ciervos mientras el lago jamás fue nadado por un cisne.

La Mujer sin Boca se encarga de abandonarlo. Explorando el bosque encuentra un puesto de estancia abandonado y en ese interior deja al niño amarrado con alambre sabiendo que sus afilados dedos sabrán desligarlo de estas ataduras.

3

No llora cuando regresa al carromato. En cuanto al Gran Adriano, la recibe cobijándola entre sus forzudos brazos para besarla de contento.

—¿Estás segura qué de nosotros no volverá a nacer otro igual?

La Mujer sin Boca afirma con su belleza certificando la imposibilidad de gestar otro vástago similar a esta criatura.

4

Bajo una garúa helada, —devorado ya todo el siglo veinte—, yo camino las calles de Ituzaingó en el comienzo de una noche cuando de improviso imagino distinguirlo.

Se encuentra agazapado sobre la sima de un muro empenumbrado por el ramaje de un pino, las piernas flexionadas, listas a dar un brinco largo y alcanzar ese acumulador sostenido entre cables eléctricos por dos columnas altas fraguadas en hormigón.

Quieto lo observo.

Su piel es cenicienta, sus iris rodeados de un blanco abismal, dedos delgados y afilados, dientes acerrados; si dispusiera de alas podría calificarlo de gárgola, pero no las posee. Viste un overol azul y calza botines fabriles. No está preocupado por ocultar su rostro como lo hacen los fieritas cuando van a delinquir.

Debería temer, pero la curiosidad gana. Sé sobre la presunta longevidad del Dañino y que su apetencia por los artefactos sustituye cualquier interés por los seres humanos. Clavo mi mirada en la suya que me escruta. Distingo en su rostro el ensayo de una mueca de disgusto y al instante da un brinco inverosímil como lo hacen los gatos cuando son descubiertos.

Imposible perseguirlo en los comienzos de esta noche aguada, ignoro si en verdad se trató del Dañino más cuando llego a casa, no hay luz eléctrica.

TP Ahumada, “Mitologías apócrifas del cercano oeste”.


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