EL DESERTOR DE LAVALLE

microrelato

Por T. P. Ahumada

1

Brotan de la niebla junto a las primeras luces batiendo sables ensangrentados en Maipú, Ituzaingó y Puente de Márquez. Esta vez, la partida de gauchos huyó tras la derrota, pero los tres veteranos de Lavalle supieron alcanzarlos. El último de ellos gritó un “no me mates, no me mates”, más el brazo del sargento rechazó dar clemencia y así aquel federal chuzo quedó tendido junto al pajonal e irremediablemente muerto.

2

Para Gervasio Flores aquella escaramuza no vale siquiera como cuento de fogón. Fueron tres contra siete miserables que no eran realistas ni imperiales, apenas gente de a caballo reclutada en montón. Hombres valientes, pero sin esa disciplina forjada por aquellos oficiales educados en a la sombra del general San Martín.

Diecisiete años cumplidos cuando se batió en Chacabuco por causa de liberar al Chile de O’Higgins. Luego llegaron el ostracismo de San Martín, las sierras peruanas y esa carga en Riobamba bajo el comando de Lavalle. Acabada la guerra con España inició esa otra contra el Imperio del Brasil. Allí, cuando la batalla de Ituzaingó, se ganó ese tajo que le cruza la cara junto a los galones de sargento.

3

Avanza la mañana disipando la niebla. Una bandada de teros sobrevuela ese vado nominado Paso del Rey. Mira el rostro de ese último al que le partió la cabeza. No es un hombre joven, aunque se comportó como tal. Sus cicatrices son de viruela y nada más. Por insignias ese trapo punzó anudado por encima del codo izquierdo.

Al sargento no le agrada esta guerra de ideas poco claras. Con San Martín todo era cosa de formar un país, con Lavalleja defenderse de los imperiales lusitanos, ahora, sólo combatir a favor de ese valiente llamado Lavalle peleado como a muerte con su hermano de leche, Rozas.

Hombre de pensamiento llano, Gervasio Flores extraña la claridad de los viejos tiempos, incluso aquellos donde sirvió a Sucre en lugar de a San Martín. Sabe matar como el mejor, sabe acatar la orden de no retirarse cuando el número de enemigos se vuelve sin igual, sabe luchar por un camarada valiente como siempre lo ha demostrado ser ese testarudo del general Lavalle. Pero este presente no le gusta, no da merito masacrar al paisanaje cuando ni siquiera un Güemes lo conduce.

4

Aquel rostro picado de viruela le recuerda a alguien. Un compañero.

Realistas obedientes al general  Canterac los escaramuzaron entre desfiladeros secos, una hondonada mal nacida. Algunos de aquellos enemigos habían combatido a napoleónicos logrando de vez en cuando una victoria. Eran bastantes y los sorprendieron mal, disparaban dando en el blanco. Gervasio Flores era uno más, silbaban los disparos cuando Brizuela antepuso su cuerpo salvándolo de la muerte.

Brizuela, nacido en los pagos del Pilar, disponía de un reloj de cadena. A este soldado no lo habían reclutado, ingresó a las filas del ejército sanmartiniano ofreciéndose de voluntario. No eran amigos, pero igual Brizuela perdió su vida para salvarlo a él, otro soldado, un raso que simplemente combatía a su derecha.

El interior de la tapa del reloj gozaba de una leyenda encabezada por la frase: “Al mayor de nosotros” y luego aparecía el apellido Brizuela.

Brizuela agonizó aquel día pidiéndole a Gervasio Flores retornar este reloj a su familia. Para él resultaba importante que el mayor de su progenie lo obtuviese.

5

Antes de iniciarse la guerra contra el imperio del Brasil, Gervasio Flores le entregó el reloj a esa viuda ama de cinco hijos varones.

Menos de diez minutos duró la ceremonia y ahora este hombre, este cadáver.

Bajo el manto de la viruela un rostro familiar. El sargento le revisa las ropas y lo encuentra, lo abre y maldice. Es ese reloj.

6

Matar al primogénito de quien le salvó la vida sabe amargo. Aquello sucedió dos guerras atrás pero no sabe olvidarlo. Apenas conocía a Brizuela, no obstante, su rostro se le quedó gravado, como fraguado en bronce.

No le gusta esta guerra y allí está el oeste de la Pampa infinita. Tierras de caciques gobernadas por los vientos. Sólo es cosa de espolear y dejar atrás a esos dos viejos granaderos.

Estos no lo siguen ni lo persiguen, el sargento se ganó el derecho de elegir sus guerras. Aquel mismo día, en el vivac de Lavalle sólo lo reportaran como desaparecido.

 

Extraído de “Relatos de la Patria incontenida”. T. P. Ahumada. 2017.

unsplash-logoNonki Azariah

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