EL FALIBLE

 

Por TP Ahumada

1

Comencé a encontrarlo al alcanzar aquel balneario extraviado sobre las costas del Atlántico Sur. Casuchas, calles arenosas y la feliz “Taberna de los hermanos de la costa”. Un nombre apócrifo, desleal a esos piratas acostumbrados a recalar en Tortuga sin sufrir ambiciones en cuanto a acechar estos mares.

Acodándome en la barra solicité por trago, un “Captain Morgan”, un ron jamaiquino; el pedido provocó en el tabernero una sonrisa de cuatro dientes al frente.

Cambiamos impresiones cuando finalmente lo consulto.

—Busco a un joven alto, delgado y rubión… Suele cada siete frases mencionar a los caballeros túnicos, en uno de sus brazos muestra el tatuaje de un drakar vikingo.

—Claro, Marcelo, ¿por qué lo busca?

—Obtuvo una herencia, yo trabajo para el Estudio Uribe, lo buscamos desde hace más de un año. ¿De verdad usted lo conoce, sabe su apellido?

—Para mí sólo es Marcelo, pero cuando consigue dinero cena aquí y ahora lo tiene… —asegura el tabernero.

—Para la cena falta un rato largo… ¿Dónde lo puedo encontrar ahora?

—Suele estacionarse en el muelle, él no pesca, pero acostumbra merodear esas ruinas.

Pago, dejo propina y le prometo al tabernero volver para la cena.

2

Pilotes, maderos, travesaños, todos gastados por inviernos, veranos y olas saladas. Apenas se mantiene en pie, pero eso a los pescadores les importa poco. Son tres, cada uno con su tacho, el último tiene en esa poca agua boqueando a un cazón.

Resulta sencillo reconocerlo, sobre uno de sus delgados brazos el tatuaje del drakar vikingo, y además, esa remera camuflada al viejo estilo de Vietnam tan gastada y desteñida que pareciera haber combatido en aquel conflicto remoto.

Enciendo mi pipa, me apoyo en la baranda como a un metro del presunto Marcelo Zapala. Un hombre buscado por demasiada gente. La mafia del juego, el servicio secreto británico, la “Compañía”, el cartel de Tijuana, el Mosad y los míos, yo soy de Dublín.

Los soles del verano no han sabido tostar esa piel rosada siempre sudada, lo acompaña un chico, tendrá unos once años.

3

Antes de comunicarme con mis empleadores debo realizar una prueba y confirmar que es él.

—Rico tabaco —afirma el presunto Marcelo Zapala allanándome el camino.

—Balkan, lata blanca, muy seco y sabroso, ¿usted fuma?

—No… yo no me drogo… pero ese aroma es delicioso.

La prueba de identificación consiste en preguntarle algo raro, escuchar su respuesta y ver como ese niño lo corrige.

—¿Sabe de peces?

—Poco… —miente el presunto Marcelo Zapala.

—He notado que aquel señor ha pescado un cazón, ¿podría usted decirme a que especie pertenece?

—No sé, veremos.

Al pescador no le molesta que admiren sus presas. Debe medir cincuenta centímetros. Boquea en el balde.

Carcharhinus brachyurus —declara el presunto Marcelo Zapala para ser inmediatamente corregido por ese niño que la única palabra en latín que conoce es ninguna.

Carcharhinus longimanus.

—El chico tiene razón, —gruñe el pescador corroborando sin saberlo la identidad de Marcelo Zapala, mejor conocido como “el falible”.

4

Me da lástima el joven Zapala. Su poder es retorcido, pero existe y resulta en extremo efectivo.

Dispone de una memoria inaudita y un vasto conocimiento universal. No obstante, al responder con exactitud a una pregunta difícil siempre falla provocando la respuesta correcta en quien se encuentre junto a él. Ocurre con números, con citas históricas, con fórmulas químicas, con cualquier tema.

Contacto a mis empleadores, les menciono el balneario, la “Cantina de los hermanos de la costa” y la posibilidad de que esta noche, el confirmado Marcelo Zapala cene en ella.

5

Ocupa su mesa de siempre, no ha intuido mi verdadera profesión. El primero en descubrir su virtud fue un tal Samuel Jacobson, profesor de matemáticas adscripto a la tenebrosa Universidad del Comahue. Él realizó las primeras pruebas llevándolo a un casino para hacerlo elegir entre rojo y negro, entre par e impar. Siempre fue igual, Marcelo Zapala decía negro y el profesor le apostaba al rojo. No hicieron saltar la banca jugando así porque el profesor era un hombre muy prudente.

El profesor le comentó el experimento a un amigo, este a otro y así el Mosad se enteró de este virtuoso, pero no alcanzó a atraparlo porque Marcelo Zapala simplemente desapareció del radar.

Está cenando, me reconoce, me invita a su mesa. Dialogamos sobre bueyes perdidos, él me cuenta sobre los divinos tiempos de los caballeros teutónicos y yo acabó invitándole una pinta de Cerveza Guinness que el dueño de la cantina nos sirve volviéndome a regalar una sonrisa de cuatro dientes al frente.

Toca la hora diez y nos despedimos, yo sé dónde acabará él, él no sabe a dónde voy yo.

6

La furgoneta es negra y esta escoltada. Ganarles a los ingleses en esta es primordial para Dublín.

El confirmado Marcelo Zapala pone rumbo a la playa para desde ella meterse en el bosque donde vive. La furgoneta negra se pone en marcha, le permite cruzar una bocacalle y lo rapta.

7

Alcanzo la hostería, para nada me gustó este trabajo, la lastima me aborda. Este joven crédulo ya cumplió los 24 y a partir de ahora vivirá en una covacha subterránea sin ver jamás las praderas de la verde Irlanda.

 

TP Ahumada, extraído de “La Cantina de los Hermanos de la Costa”.

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