EL GRANDILOCUENTE

el grandilocuente

Los pescadores saben entretener a sus oyentes; como es el caso de El grandilocuente, el protagonista de un nuevo relato dominical.

Por TP Ahumada

“El pez es el único animal que crece después de muerto”
Anónimo.

Capítulo 1

Desde la barra del “Bucán”, Juano observa el muelle con nostalgia. De no ser por el balneario aquel pueblo habría muerto y con él su cantina. Todo sucedió tan rápido; de un enero a un febrero; tras encabezar las listas de lugares provistos de buena pesca el lugar pasó a la ignominia.

—¿Por qué habrá desaparecido la pesca?

—No hay respuesta —sostiene Pedriel mientras el cantinero le sirve otro “Fernando”.

—Hasta dorados sacaban de este mar…

—Bueno, no empecemos —protesta Pedriel— el dorado es de río don Juano.

—¡Ya lo sé!… perdidos andarían porque hasta yo saqué uno…

Capítulo 2

Gente exagerada como la aficionada al deporte de la caña y el anzuelo no existe en el planeta. Pobres, ricos, viejos, jóvenes; todos frecuentan el disparate a la hora de narrar sus capturas.

—¿Llegó mi whisky?

Y aquí da su presente el peor de todos. Un tal Wenceslao. Afortunadamente nunca inicia una conversación, pero si alguien le pregunta… bueno… menos al leviatán de Jonás, lo ha pescado todo incluyendo a Moby Dick.

Capítulo 3

Cinco botellas de Hiram Walker, su ración semanal de espinacas etílicas, a eso viene al Bucán. Habita en el después de la escollera sur, sobre los médanos, en la reserva forestal; allí, con troncos caídos, se armó una cabaña y como no molesta a nadie los guardaparque le hacen la vista gorda.

—¿Y qué anda sacando por allá?

Los ojos de Juano se abisman, mentalmente maldice a Pedriel.

—Corvina rubia… —responde Wenceslao— nunca vi nada igual, pesan lo que un atún… no menos de cuatrocientos kilos…

Capítulo 4

 

Día nublado, temporada baja, Juano le entrega las riendas del Bucán a su gallega y se marcha en una excursión demasiado postergada.

Deja atrás la escollera, camina la playa, supera la baliza y comienza a trepar los médanos alcanzando las orillas del inmenso pinar.

A medida que se acerca al objetivo, el viento se vuelve cada vez más fuerte. Juano ha estado atando cabos; la pesca desapareció desde el momento en que Wenceslao llegó a estas playas para quedarse a vivir.

Capítulo 5

Don Juano, ¡qué hace por acá!… ¿No vendrá a lechucearme la pesca?

Previendo este recibimiento, el cantinero extrae de su morral una botella de White Horse, un elixir elaborado en Escocia.

—Sólo deseo compartir unas copas.

Capítulo 6

Wenceslao acepta el convite guiándolo por un sendero ondulante. Una curva cerrada en la espesura, el claro, la cabaña y esa mantarraya colgada de la rama de un añoso roble. Juano no da crédito a sus ojos, ni el capitán Nemo se ha topado con una de estas durante sus veinte mil leguas.

Capítulo 7

—La saqué esta mañana, probé primero con el malacate, pero no hubo caso, tuve que traerla arrastrándola con el jeep —afirma Wenceslao señalando a su viejo Willis.

No es creíble. Sólo de ancho ese bicho mide más de siete metros.

—Tóquela tranquilo, estas carecen de aguijón ponzoñoso…

Capítulo 8

Una mesa, dos bancas, cubitos.

—¿Cómo es posible?

—El secreto está en la carnada… en adobarla bien…

Al decirlo, Wenceslao señala un gran cuerno rebosado de moluscos y otros bichos.

—Yo la dejo macerar en este cuerno que el destino me regaló… Y fíjese usted los resultados…

No es un cuerno de vaca sino de cabra y en verdad es demasiado grande.

—¿De dónde lo sacó?

—Con el mediomundo, allá abajo hay un pequeño canal bien nutrido de camarones…

—No me refiero a la carnada sino al cuerno —corrige Juano.

—La primera vez que llegué a estas playas, estacioné el Willys y allí estaba, como esperándome… Ya aquel día lo utilicé para alojar la carnada… como obtuve buenos resultados, y soy cabalero, la conservé volviéndola mi amuleto… mal no me ha ido.

Basta mirar por la ventana. Espinas del tamaño de estacas, vertebras descomunales.

Capítulo 9

El sol se marcha y Juano con él. Observó, tocó, contempló los resultados. Un gran cuerno de cabra como no las hay en la pampa. De cómo alcanzó estas playas, imagina un naufragio o el descuido de un dios. Esos espinazos, esa mantarraya, esa demostración de abundancia exagerada. Aficionado a la mitología, Juano no tarda en pronunciar la palabra correcta, “cornucopia”, de eso se trata todo esto. El cuerno de la cabra Amaltea, el cuerno de la abundancia, y debido a este la desaparición de la pesca en favor de Wenceslao.

Ya está a punto de alcanzar el Bucán cuando lanza una carcajada. Acaba de darse cuenta que ha vivido una experiencia todavía más alucinante, una tardecita compartiendo copas con el único pescador que no exagera.

Extraído de “La cofradía de los hermanos del Bucán; —memorias de un cantinero—”.


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