EL SIBARITA

el sibarita

Nuestro escritor dominical nos recuerda que debemos ser cuidados con nuestros deseos porque pueden llegar a cumplirse en su nuevo relato El Sibarita.

Por TP Ahumada

1

Sucedió frente a un espejo y en penumbras. Sólo me lavaba la cara cuando detecté esa mueca encriptada en mi rostro. Las comisuras de mis labios expandiéndose, mis cejas arqueándose mientras una fluorescencia amarilla empañaba mis ojos.

—Me tenés harto.

Miré hacia todos lados, pero los baños del Ejército de Salvación estaban extrañamente vacíos.

—Aquí, zapallo…

2

Aquello no fue una conversación sino un tirón de orejas. La imagen del espejo no dejaba de recriminarme…

—¡Esto no va más!… Amo el caviar, amo las sabanas finas, amo los zapatos confeccionados a medida…

Debí notar las señales, los perros ladrándome, los crucifijos apuntando al suelo, la gitana repeliéndome con un conjuro romaní.

—Sí, zapallo, estas poseído… Yo habito en ti y tu estilo de vida no me gusta para nada… Aquí lo cambiamos todo o te la voy a poner fea.

3

Tres meses más tarde, alojado en el exclusivo hotel Alvear, aquella cama en las instalaciones pertenecientes al Ejército de Salvación apenas componían el recuerdo esbozado de una remota pesadilla.

—No vuelvas a dar propina… No estoy aquí para hacer el bien…

Dinero, lujo, un automóvil con chofer. En cuanto a deberes, mi demonio me obligaba a mostrarme hostil con vagabundos y artistas ambulantes; particularmente detestaba a los mimos de la calle Florida. También me exigía llamar “hipopótamo” a las gordas y “batracio” a las feas. A cambio de estas obligaciones un Rolex de oro en mi muñeca.

4

Yo no quería ir a esa fiesta, pero él me obligó.

Debatía un asunto banal con Santiago Peralta Ramos cuando lo noté. El maldito no tenía puesta la sotana, todo de negro, el clériman blanco y esos cabellos canos. Me provocó nauseas. Frente al espejo del baño pensé en marcharme de inmediato pero mi demonio se negó.

—Hoy me toca entretenerme a mi… Voy a ir por ese cura…

—No sé… no me gusta…

5

Un duelo quedo, sucedido en un rincón del suntuoso salón. De mi boca brotaban frases en arameo antiguo mientras el cura no abandonaba el latín.

6

Tan rápido como me volví rico regresé a la pobreza. Ese maldito cura. A las claras un presunto corrupto. Codeándose con ricachones, sugiriendo negocios dudosos, pero igual armado con la potestad de un exorcista. No hubo rugidos, no levité, no lacero mi piel con agua bendita.

—Has vuelto a Dios hijo mío… el mal en ti ha sido expulsado, ve a la iglesia y reza tres padrenuestros en agradecimiento al Señor…

Jamás recé esos tres padrenuestros, pero estoy ante una iglesia y mi mano extendida implorando limosna. Cada tanto me dejan usar el baño en el bar de la esquina. Sólo entró en él para quedarme parado frente a su espejo. Allí espero, pero no pasa nada. Maldito cura.

Extraído de “De ángeles, demonios y otros bichos”.

Podés completar la experiencia escuchando…


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