EL ÚLTIMO AÑO NUEVO

EL ÚLTIMO AÑO NUEVO

Una de nuestras plumas favoritas nos trae El último año nuevo, un relato con brindis, citas biblicas y… el apocalipsis. Siempre se supo que las festividades eran complicadas…

Por TP Ahumada

1

Las copas listas, los besos listos y de repente, en lugar de las sirenas anunciando la inminente llegada del Año Nuevo, suena la tromba del primer ángel.

No son creyentes recalcitrantes; pocos se han atrevido al Apocalipsis de San Juan, pero todos en la ciudad comprenden.

2

Me asomo al balcón y observo. En lugar de miedo una angustia aterrante me domina. El champán es barato, pero continúa helado. La calle, la avenida Independencia, comienza a recibir gente; caminan de aquí para allá como si fuesen chicos asustados porque se han enterado que inevitablemente algún día morirán.

Un choque. Todavía el mundo no acaba y ya contemplo las primeras muertes.

3

Miro mi teléfono celular, no dicta la hora. Desde el balcón observo mi televisor encendido, sólo muestra lluvia catódica, está fuera de señal.

—No… no, no, no… no…

Mi prima enloquece. Necesita saber qué ocurre, pero su celular no responde. Quiere preguntarnos; las palabras no salen de su boca, necesita el teléfono, necesita leer en las redes sociales, en sus grupos…

Aterrada arroja el aparato hacia la calle. Sorprendida de su propio acto se levanta de su asiento y corre hacía él. Tío Aurelio la intercepta, la abraza y ambos acaban desbarrancándose de mi quinto piso.

4

Salvo Carlos ninguno de nosotros está preparado para esto. Las paredes vibran, Buenos Aires vibra, la tromba no sabe detenerse.

—¡Dale “ateo gracias a Dios”, arranca con las “Aves Marías”!

Carlos sí ha leído el “Apocalipsis” como también “Las cartas de los Apóstoles” y los cuatro evangelios sinópticos además de los apócrifos.

Tan mal momento y su eterna acusación. Doy un paso hacia el interior de mi departamento, sólo un paso y noto que mi hermana ya está muerta.

5

La postura recta como si un palo de escoba la estuviese sosteniendo. La copa todavía sin beber aferrada a su mano de dedos largos. No tolera el champán, sus bebidas de fiestas son la sidra o el vodka. Está muerta. Está tiesa. ¿Un accidente cerebro vascular, un infarto masivo? Imposible saberlo.

6

—¡Arrancá de una vez, “ateo gracias a Dios”!

Carlos y su eterna acusación. Treinta años ya de mi decisión y el todavía no se la cree.

No sé qué pensar y comienzo a rezar. Yo tampoco leí el Apocalipsis, o mejor dicho sí leí esa confusión onírica tomándolo como eso, un barullo.

—“AVE MARIA, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus…”

7

Me detengo —a favor de una apuesta entre escolares me lo aprendí en latín—. no creo en esas palabras traducidas o no.

—Dale Marcelo… seguí…

No sigo, éramos cinco, quedamos dos. Elijo salir de verdad a mi balcón. Olvidarme de Carlos. Mirar la calle, mirar ese cielo a medianoche donde nubes tenebrosas han cubierto las estrellas.

Primero de enero en Buenos Aires, el sonido de la trompa no interrumpe su calor cuando comienza a nevar. Nieva escarcha negra, retazos descolgados de nubes tan oscuras como un ébano petrificado.

8

—No quiero vivir esto sola.

Al fin escucho su voz. Condice con su figura, con sus ojos, con su rostro, con su nombre. Ya es enero en Buenos Aires.

9

La presidenta del consorcio me describió sus peores actitudes en una única palabra: “loca”.

—Los helechos no se mueren… quizás todo esto no sea tan grave.

Mis palabras son continuadas por el derrumbe de aquel petit hotel. Gritos producidos por sus pisos armados en pinotea; el clamor de esos palos partiéndose acompañado de aullidos pronunciados por sus habitantes. Uno, dos; tres segundos o un minuto; el petit hotel y su cúpula ya no existen más.

10

Nos separa una verja, —el balcón es compartido—, allí ella plantó y yo disfruté sus verdes. En tres años no cruzamos ni media palabra, aunque más de una vez, salimos a fumar al contemplo de la noche.

11

—La vecina del segundo me dijo que te llamas Marcelo.

—Y vos, Helena.

En este mal momento elijo no descubrir a mi fétida fuente, la presidente del consorcio y ese “carcamán” que llegado a los dos años a la Argentina todavía simula no saber hablar bien el español.

12

Ojos negros, la melena. Sola esperaba el Año Nuevo vistiendo esa prenda laminosa.

—No quiero seguir sola, tampoco quiero obligarte.

Allá atrás, el cadáver de mi hermana y Carlos devorando ostias.

Saltar esa separación simbólica, esa verja nutrida de enredados babilónicos me resulta más fácil de lo debido.

13

La cama, los gritos, la persiana a media asta. La primera trompa no deja de sonar y aquí los dos mientras yo no creo.

Si Dios existe, acabo de penetrar en el Paraíso; si no existe y sólo son marcianos; gracias alienígenas.

14

No eran alienígenas. Fue Dios. Barrió con el Mundo este primero de enero siguiendo las fechas del calendario de Occidente, todo un capricho cuando los chinos iban por el año…

—Te lo dije, te lo dije “Ateo gracias a Dios” … Sólo tenías que rezar conmigo… Sabias las oraciones y ahora te pierdo… ¿Valió la pena?

—Si.

Fin

TP Ahumada. Extraído de “Ultramundo”.

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