ESTURIÓN Y LA PALOMA BLANCA

Un nuevo microrelato
Una ciudad no tan conocida

Por TP Ahumada

Nariz gruesa, aplastada; ojos globosos, ictícolas; en lugar de cabellos una cresta espinosa, casi una aleta, nace en su frente para morir entre sus dos omoplatos; no dispone de cuello y desde siempre habita el “adentro” sin jamás haber salido al “afuera”.

Adentro” es el interior de una fábrica fallecida; todas sus aberturas comunicadas con el exterior están tapiadas. En su fondo, tras el patio, un paredón altísimo le impide a Esturión comprender cuál es el origen de esos ruidos atroces, metálicos, fantasmales, causantes de mil pesadillas.

Extremidades cortas, membranas cartilaginosas enlazando sus dedos. Dispone de una fuerza descomunal, pero él lo ignora.

Dueño de una parsimonia imperturbable, disfruta acuclillarse junto a la antigua entrada. Un punto soleado de la mañana a la noche. Sus oídos no disfrutan de orejas, pero igual las escucha. Voces cantarinas, aflautadas, son escolares yendo y viniendo del Santa Catalina.

Sus despertares son idénticos. Abrir los ojos, abandonar las cobijas, caminar el pasillo hasta doblar a la izquierda, enfrentar la rendija y recoger la bandeja. Muchas veces acechó ese espacio intentando saber cómo aparecía la comida. Esfuerzos banales, similares a las acometidas de los niños en pos de sorprender a los Reyes Magos depositando obsequios sobre sus zapatitos.

Alguna vez, en la casualidad del último otoño, Esturión descubrió esos objetos junto a un artefacto fraguado en baquelita negra. Sin saber hablar leyó: “Guía telefónica de la Capital Federal”. Un momento mágico quizás promovido por escuchar atento las conversaciones baladís de esos chicos yendo y viniendo del Santa Catalina.

Tras el otoño llega el invierno y después septiembre. Renacen los cafetos, los helechos reverdecen. Sentado a los bordes del piletón Esturión lee: “Fernández, Juan Gabriel, Anchorena 972, puntos suspensivos, 771-0822”.

Desde su primer párrafo, “Aahab, Cornelio, Ciudad de la Paz…”, hasta hoy Esturión intenta fútilmente comprender el argumento de todo este texto, se encuentra meditando sobre esto cuando una paloma blanca, aterrizando sobre los bordes del piletón, en su aleteo angelical empuja el libro arrancándolo de sus manos. El señalador cae al agua, el volumen a ese piso desquebrajado por el yuyo. Un horror lo sorprende, el mamotreto se ha cerrado. Ignora tanto el orden alfabético como el numérico. Reencontrarse con la línea de “Fernández, Juan Gabriel” resulta una batalla perdida antes de iniciarse.

Acabadas las horas del sol las penumbras llegan obligándolo a finalizar su búsqueda. Ante el fracaso, Esturión padece una sensación novedosa. Una efervescencia compulsiva extraña. Impotente, abre su gran boca y lanza hacia el cielo alunado su primer bramido. Grave, espeluznante, gutural, anticipo de horrorosas inminencias. El destino lo ha mordido y ahora es su turno de morder, aplastar o triturar.

Alcanzar la cima de la muralla oriental, esa desde donde llegan las ratas y el ruido a metal, es cuestión de segundos y un esfuerzo mínimo. Entonces ve la fosa del ferrocarril, los puentes y detrás los edificios atestados de ventanas luminosas ocupadas por los seres parlantes del “afuera”. El descubrimiento no lo desconcierta, él sólo necesita vengarse del destino; satisfacer esa voluntad nueva, esa sed ardiente jamás padecida.

Al día siguiente, los matutinos de la dos veces fundada Buenos Aires, publican notas sobre las singularidades de un sonido brutal, inexplicable, escuchado en el barrio de Once. La oquedad de un grito que antecedió a la muerte de tres malandras buscados por la policía desde siempre.

Y así por casualidad, Esturión, se incorporó al bando de los justicieros y no al de los villanos cuando él sólo buscaba calmar esa sensación horrorosa provocada al extraviar el renglón alcanzado en su lectura.

Extraído de “Cáspita o Sobre héroes y villanos”, T. P. Ahumada, 2018.

 

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