GUARIDA DE LOBOS

guarida de lobos

Dicen que en el oeste bonarense hay una antigua casa custodiada por dos viejos miembros del hampa, también dicen que es conocida como la Guarida de Lobos. Descubrí el nuevo relato negro de nuestro escritor dominical.

Por TP Ahumada

“El hombre es un lobo para el hombre.”
Plauto

1

El parque monstruoso, un cerco enredado de ligustrinas y madreselvas, una tranquera incapaz de evitarle la entrada al ladrón más bobo, el caserón, la pileta, los árboles, el cobertizo y esos dos viejos. De perros asesinos o guardianes, en esa inmensidad no come ninguno.

2

Alberto y Pedro viven allí, son hermanos septuagenarios. Sus vecinos habitan hogares enrejados y protegidos por alarmas ululantes; pero ellos no. Reacios a tomar medidas de seguridad ni siquiera cuentan con un portero eléctrico cuando residen en un oeste cada vez más atracado. Debido a estas particularidades acabé concibiendo la idea de que estos hermanos fueron capos mafiosos o gremialistas pesados. Nada más alejado a la verdad. Alberto se jubiló de contador trabajando para Traverso mientras Pedro cerró su consultorio de dentista olvidando ese pasado de empastes y puentes.

3

La casualidad de una amiga común me permite enterarme que la casa de la esquina jamás ha sido asaltada; —ni siquiera durante los saqueos de mayo—; pregunto las razones.

—Ni idea… posiblemente sólo suerte porque esos dos, a la hora de encarar un conflicto en la calle, más pacatos no pueden mostrarse.

4

Acusados de inofensivos, olvido el asunto hasta esa noche de invierno. Tomaba una cerveza con un amigo cuando vi a esos tres encapuchados salvar esa tranquera saltarina. No necesitaba más datos, llamé al 911 y la policía no tardó en llegar.

5

—Aquí no ha pasado nada… —afirman los dos septuagenarios al unísono.

—¿Podemos revisar?

—Si… pasen.

Una mujer policía sosteniendo la escopeta pajera, un sargento con la reglamentaria desenfundada, el chofer armado y atento en la vereda.

—Debió ser una confusión —afirma el sargento y el patrullero se retira.

6

No estoy beodo y mi amigo tampoco.

—Yo los vi…

—Quizás cruzaron ese parque para alcanzar otra casa… es tan grande y tan oscuro…

Me despreocupo.

7

Liquidada la conversación, bebida la cerveza, regreso a casa. Imposible no demorarme frente a la tranquera violada. Entre penumbras diviso el cobertizo encargado de proteger leños y entonces escucho ese grito que de inmediato se ahoga en un silencio eterno.

La luna brillando fuerte, yo quieto, dudando entre saltar o no esa tranquera. Como ellos, disto mucho de ser un justiciero. De entre los leños brota una luz tenue, posiblemente producida por una bombilla de baja intensidad. El espíritu de buen vecino se apodera de mí y trepo.

8

La trampilla no está cerrada. Bajo los suelos de esa techumbre sin paredes las bastedades de un cuarto. Veo a dos sujetos atados y amordazados mientras el tercer fierita está amarrado a un sillón de dentista.

9

Usan barbijos, sus actos están sometidos a una pasmosa serenidad, lo que están haciendo no es nuevo para ellos. No acostumbro someterme al morbo, pero esta situación me vence. Odio la cultura fierita.

10

Desde aquel entonces comprendo porque la casa de la esquina carece de artilugios vigilantes. Escondido, contemplo como de tres fieritas sólo uno regresa a la calle. Ya sin dientes, llevará el mensaje a quienes como él sean tentados por ese caserón sin rejas habitado por sólo dos ancianos.

Extraído de “Hampones con poca prensa”.


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