EL HOMBRE SIN SUEÑOS

relato

Algunos sueños pueden traer problemas, si dudan de esta afirmación pregúntenle al protagonista de este nuevo relato (si es que pueden).  Compartimos con ustedes, «El hombre si sueños» de nuestro enigmático escritor favorito. 

Por TP Ahumada

1

Cierta tradición especifica que soñar con la propia muerte resulta fatal en la vigilia. Morir en el sueño, es morir en la vida.

Cuando yo soñé con mi muerte esto no me ocurrió. Sin embargo, no fui el mismo después de esa noche, la noche de mi último sueño.

2

Nunca jamás volví a soñar y ahora estoy aquí, en esta ciudad tan llena de callejones y caprichos; tan gris como las cenizas de las cartas quemadas. Todas sus puertas guardan un nombre, de noche las farolas apenas saben combatir sus sombras. Un desvió equivocado en la ruta correcta, el Káiser Carabela se descompuso, tosió dos veces y se frenó a las puertas de esta urbe de nombre olvidable.

Estoy alojado en un hotel de viajantes, lo atiende una familia de seres silentes. En cuanto a los huéspedes, no hay muchos, un vendedor de aspiradoras, un representante de herramientas Bahco, en fin, corredores fatigados de andar caminos…

3

Frente a la plaza no está la iglesia, sí la comisaria y el palacio municipal, pero no la iglesia. Aquella ausencia me obliga a buscar campanarios sobresaliendo altos entre el caserío bajo. No los encuentro, ni por la tarde escucho las campanadas convocando a la misa de seis.

Recuerdo que cuando soñaba mis sueños preferidos eran las pesadillas, lo eran porque al despertar podía recordarlas en retazos.

4

Aquel rostro, además de hermoso, me resulta familiar. Tardo en recordar el nombre que evoca, tanto tiempo ha pasado.

—Sí, soy yo.

Nunca había escuchado el timbre de su voz; de mozo, atreverme a hablar con ella fue una hazaña que jamás me atreví a realizar.

—Sí, nací en Montevideo y nos mudamos a Floresta.

Ofrezco invitarla con un café en honor a los viejos tiempos y ella me advierte que entre nosotros nunca existieron viejos tiempos.

Aquello era verdad, en mis mocedades había soñado muchas veces con ella mientras en la realidad…

5

Siete días anclado aquí esperando las refacciones para mi Káiser Carabela; una eternidad en este mundo quieto.

—Bailemos.

Acepto la orden de inmediato. Una orquesta típica, llegada de algún sitio, interpreta tangos de corte y quebrada.

Ella no sonríe, no habla y sin embargo no rehúsa apoyar su mejilla en la mía, ni esquiva su cintura el roce de mi mano.

—Vamos a casa.

Partimos juntos de la sociedad de fomento; no hay besos ni palabras durante el camino, unas cuantas cuadras hasta alcanzar los fondos de aquel callejón.

Ya habían ocurrido décadas desde mi último sueño, aquella pesadilla donde algo me mató.

6

Escaleras, mármol, la puerta con su nombre. Un vestíbulo, más puertas, más escaleras. Una habitación, la cama, su cuerpo desnudo.

Aquello es un sueño vuelto realidad o, en mi caso, la realidad vuelta un sueño.

Una ventana, la persiana cerrada, las celosías entreabiertas, la tenue luz de la noche manchando las sábanas, impulsando un recuerdo extraviado, un déjà vu borroso.

Entonces, el brillo en su mirada, el puñal, y esa muerte demorada por más de veinte años.

Y, otra vez, esto no es un sueño sino el saldo de una cuenta pendiente.

Extraído de “Ultramundo”.

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