LA CÁPSULA DE TIEMPO

la capsula de tiempo

En un futuro negro, un hombre vence sus miedos para enfrentarse a lo desconocido, a la barbarie, a… ¿una hinchada? Descubrí La Cápsula de tiempo, un nuevo relato de TP Ahumada.

Por TP Ahumada

“¡La hora, referí!”
Expresión telúrica.

1

La cápsula de tiempo se activa mil años más tarde. Sólo veinte personas. Allá arriba quizás encuentren bosques, quizás pampa yerma. Diez arcabots supieron asistirlos mientras dormían.

Las cámaras perimetrales están cubiertas de follaje. La esfera está enterrada a cien metros de profundidad y Alberto Caramaño explota de curiosidad.

—Lo prudente es enviar a un arcabot —afirma su amante.

No todos descendieron con sus conyugues.

—De ninguna manera, sin ellos estamos perdidos.

Quien discrepa es Augusto Paliendro, un genio de las finanzas, pero un inútil a la hora de abrir una simple lata de arvejas.

—Saldré yo, quiero hacerlo —decide Alberto Caramaño.

3

Nada es igual. El asfalto dejó de existir; de las casas ya no quedan huellas; en cuanto a los edificios, observarlos es contemplar la osamenta de un paquidermo.

Evolución, involución. Decide dirigirse hacia el viejo country montado sobre una margen del río Reconquista.

4

Cuando estalló la peste azul y acabaron descendiendo a la esfera, la tecnología estaba a full. Peatones, conductores, ciclistas, poco importaba la distancia, salir a la calle era activar el GPS. Ahora no hay señal y los GPS son adorno. Alberto Caramaño se arrepiente de haber iniciado esta excursión, pero continúa avanzando.

Los restos estropeados de un muro, es todo lo que queda de la fábrica Pirelli. Mil años y todavía esas vías. Yuyos, tilos, plátanos. Todo eso crece sobre el ramal sin saber esconder del todo la presencia de esos rieles ferroviarios. La impronta de un animal salvaje. Una liebre. Desde 1960 que dejaron de verse por Merlo.

5

Un río pluvial. En sus riberas cangrejos, en sus orillas bagres y en su centro la silueta de una tortuga sumergida. Se distrae observando el vuelo rasante de un martín pescador cuando escucha los silbidos.

Desde la izquierda, desde la derecha, de lo alto, de lo bajo. Llegan de todas partes. El explorador se siente cercado. Arma el subfusil. Cuarenta municiones por cargador; de ser un profesional de las armas habría sabido incluir esa bala extra que va en la recamara.

6

Ya no hay silbidos, el silencio del bosque apabulla. Como en las películas, Alberto Caramaño mira hacia todos lados atreves de la mira del subfusil. Lamentablemente para el antiguo presidente del Grupo Techint, esto no es una serie de televisión y él no sabe cómo avanzar aprovechando esta técnica.

Del susto jala el gatillo, la ráfaga no lastima a nadie, ellos y ellas surgen de la nada, manos duras se prenden a sus brazos y a sus piernas. Ni siquiera se molestan en golpearlo, todo es tan rápido.

7

Eucaliptus, paraísos, acacias, alguna araucaria y detrás, ese estadio demostrando que la peste azul y el tiempo no acabó con todo ni con todos.

Evolucionaron. No hacia atrás ni hacia adelante, más bien hacia un costado. Son rápidos, petisos, fornidos, sus dientes retrotraídos a los tiempos de los trogloditas. Cautivo y a la espera, Alberto Caramaño, reconoce en esa jerga algunas palabras: “amigu”, “fierita”, “gato”, “alta llanta”, “guachín” “recátate”, “birra”…

8

Cuatro de estos seres lo sustraen de la covacha donde lo tienen guardado. En alzas, —boca arriba—, lo conducen hasta la cancha donde ejecutan una vuelta olímpica provocando una bataola de gritos acompañados por estridencias brotadas de trompas armadas con cuernos de vacas.

No esta amordazado. Intenta gritar, pero no sabe hacerlo. Apenas logra un chillido y la concurrencia estalla en burlas.

El campo de juego está trazado. Ellos viven en pozos, pero durante mil años lograron conservar las gradas y esa cancha. Once contra once. El referí tiene pinta de chamán. Un equipo se distingue del otro porque lleva atado al brazo una cintilla de cáñamo. En cuanto a la pelota. En fin. Tiene piernas, tiene brazos y en ocasiones sirve para un segundo encuentro.

9

Inmovilizado por esas garras y ya en el centro de la cancha Alberto Caramaño sufre la humillación de ser desnudado. El chamán alza su brazo. El público hace silencio. El chamán ensaya un silbido legüero, los cuatro custodios sueltan la pelota y el partido da comienzo.

Extraído de “El infierno era una fiesta”.


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