LA INVASIÓN DE LOS HOMBRES CANGREJO

LA INVASIÓN DE LOS HOMBRES CANGREJO

En una Buenos Aires muy lejana (o muy cercana), comienzan a avistarse unos extraños seres por las costas de la bahía de Samborombón. ¿Traen buenas noticias?, ¿son enemigos? Descubrí las respuestas leyendo El ataque de los hombres cangrejo.

Por TP Ahumada

Para Sofía Morgana Ahumada.

“…nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él…”
H. G. Wells

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Ema Bustamante, —vecina orillera de General Lavalle—, es la primera en mencionarlos al realizar un reclamo a su empresa proveedora de televisión satelital; queja motivada por la constante interferencia de su señal. Además de “lluvia”, sus pantallas suelen mostrar el rostro de un hombre cangrejo.

Más tarde, la prensa amarilla, devela multitud de avistamientos acaecidos sobre las costas desoladas de la bahía de Samborombón. Atribuyen el fenómeno a un antiguo meteorito enterrado bajo ese barro.

Finalmente, el doctor Alvarado —medico devenido en historiador aficionado— decide tomar el toro por las astas y relata por 4TV un acontecimiento ocurrido allá por el 1536, durante la primera fundación de Buenos Aires, y protagonizado por el hidalgo don Baltazar de Guevara. Al parecer, ya durante “el hambre”, don Baltazar divisó gigantescos crustáceos escondidos entre los pastizales de la costa rioplatense. Don Pedro de Mendoza, el Adelantado, deparó en la anécdota declarándola ficción propia de un hombre beodo.

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Como suele ocurrir, la información ya estaba, pero nadie hizo nada. El gobierno no actuó, la prensa tildada de “seria” no se hizo eco de estas señales. Todos preferimos continuar ignorantes.

3

Es semana santa, llueve en Buenos Aires y una señora refractaria al espíritu pascual insulta de cabo a rabo a un empleado de la empresa de subtes. En señal de apoyo al vapuleado Calabró, la comisión interna declara la interrupción del servicio por tiempo indeterminado.

Hasta hoy en día desconocemos las razones por las cuales el tal Calabró vivió este mal momento; no obstante, aquella medida de fuerza fue aprovechada por ellos.

Con las formaciones detenidas, las estaciones iluminadas a medias y los talleres semivacíos, los hombres cangrejo invadieron la red de los ferrocarriles subterráneos. Su conquista comenzaría en las profundidades inmediatas de la gran ciudad.

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Ya no se esconden. Brotan del alcantarillado, de las bocas de tormenta, de las instalaciones subterráneas. Ocho patas, dos extremidades pinzadas, el caparazón y en lo que viene a ser su panza una especie de torso coronado por el espejismo de un rostro. Hablan, pero prefieren la telepatía.

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La televisión no funciona, internet tampoco. Los hombres cangrejo interfieren todas las comunicaciones en esta sociedad híper comunicada. Mis hijos temen, yo temo, mi esposa grita declarando que todo es culpa mía.

Me asomo al balcón. Su avance por avenida Belgrano es escalofriante. Tres pasos a la derecha, cinco a la izquierda, dos para adelante; se cruzan unos con otros sin chocarse jamás, pienso en bailarinas interpretando alguna pieza clásica arreglada por Leopold Stokowski.

Alcanzan la central de policía, escucho disparos, resistirse es fútil, los hombres cangrejos ganan otra vez.

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En la pantalla de la televisión se reproduce la imagen del premier. Nadie sabe su nombre, los hombres cangrejo no los usan.

—No tenemos manos ni traseros, nosotros, los decápodos, no los necesitamos —la voz aflautada como saliendo de un pífano—. Nuestra forma de vida es incompatible con la vuestra, no obstante, nos gusta la carne mamífera, preferentemente en estado de descomposición, por tal razón proponemos que continúen con sus quehaceres habituales. ¡Perdón y olvido!

Me aterra la frase final, recuerdo al general Urquiza proponiéndosela a los hombres del coronel Pérez Aquino, soldados que mandó colgar más tarde.

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Aquel primer discurso provoca posiciones encontradas. Algunos aseguran que esa “carne” somos nosotros mientras otros especulan sobre nuestra utilidad como criadores de ganados. Lo cierto es que desde hace semanas mis chicos volvieron al colegio, el índice de criminalidad ha bajado de manera notable y las constantes marchas de protesta habituales en la dos veces fundada Buenos Aires se han interrumpido agilizando el tránsito vehicular. No obstante, hay rumores; gente que desaparece; barrios enteros que son mudados con paradero desconocido. No sé. En la prensa amarilla…

TP Ahumada. Extraído de “Los tiempos que vendrán”.


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