LA MÁQUINA

la maquina

Un misterioso doctor oriental inventa un dispositivo que permite filmar los sueños, la humanidad cae a sus pies y no detecta el verdadero plan, descubrí el nuevo relato de nuestro escritor dominical.

Por TP Ahumada

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Lo habían decretado imposible y sin embargo ocurrió. Su construcción no era costosa, el chino que la inventó donó su diseño a la humanidad, —aquel país populoso no cree en las patentes—. Al principio se lo tomó como un filántropo más tarde esta opinión cambió.

2

En los países de habla hispana se la conoció como el “oniricón”. Yo adquirí mi primer oniricón en un kiosco de dispositivos electrónicos. Un pequeño rectángulo fácil de guardar en el bolsillo trasero de cualquier jean, de manera inalámbrica este dispositivo —el modelo más económico— se conectaba a unas gafas y a un par de auriculares. Como los sueños difícilmente producen aromas, el olfato fue desatendido. El producto ni siquiera requería de pilas, su poderosa micro batería se alimentaba de energía solar.

—Estás tirando el dinero, te vas a llevar un chasco.

Mi amigo es psicólogo y asegura que los sueños jamás podrán ser filmados. Yo no soy psicólogo y el producto es muy barato.

3

Tao Li —hoy conocido como el Malvado Doctor Li— resultó no ser un simple filántropo. Desde hacía décadas China luchaba contra la súper población y entonces este hombre nacido a la vera del Yangtsé decidió romper los tabúes y encarar el desarrollo de esta máquina.

4

Bastó un mes para dejar de ver a Ángela. Ni siquiera me molesté en romper con ella. Sólo continuaba cumpliendo con mi trabajo porque quería más.

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Los pudientes adquirían la versión sarcófago, yo logré juntar el dinero para comprarme el traje y una Chaise Lounge ergonómica, un sillón modernizado a partir del ideado por Le Corbusier. A excepción de mi boca y mis fosas nasales, todo mi cuerpo estaba conectado con el oniricón. Un proceso sencillo y fatal; primero dormir y soñar; luego, al despertarme, vivir lo soñado en 3D y consiente. Ninguna realidad podía competir con esto.

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El objetivo del Malvado Doctor Li era precisamente este. La adicción al oniricón podía ser resistida por muy pocos y en China “pocos” siempre significan millones. Generada la adicción la necesidad de la copula carnal dejaba de ser requerida. Nada podía compararse a revivir de manera consiente las experiencias soñadas.

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Ya no concurría al trabajo. Junto a la puerta de mi departamento varios telegramas juntaban polvo acompañados de facturas y demandas. Mi traje requería sólo de la energía solar. En cuanto al hambre y la sed, el poder de la mente es terriblemente sugestivo; engañado, un día mi estómago dejó de gruñir.

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El Malvado Doctor Li sólo pretendía controlar el crecimiento demográfico, pero su invención superó con creces esta expectativa.

9

Cuando mi amigo el psicólogo destrozó la puerta de mi departamento con el hacha roja del equipo contra incendios, ya era demasiado tarde. El oniricón había engañado de tal forma a mi instinto de supervivencia que allí estaba yo, muerto.

—Mire ese rostro, doctor —le indicó al forense— la placidez, el quimérico estado de felicidad por fin alcanzado… Este inventó nos va a matar a todos… Creo que la humanidad se está enfrentando a su final.

Extraído de “Lo que vendrá”.


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