LA PALA

LA PALA

En tiempos no muy lejanos surge una solución para erradicar la desocupación de una buena vez por todas, pero por supuesto, nada es tan sencillo en La Pala.

Por TP Ahumada.

“Un trabajador menos es un puesto de trabajo más”.
Cirilo Cayena, líder de los desocupados pasados a la clandestinidad.

1

Resulta insalubre contar con un trabajo en estos malos tiempos. De poco sirve que los trenes hayan sido blindados, las estaciones amuralladas y los colectivos transformados en pesados semiorugas, el peligro acecha de camino a tomarlos, al esperarlos o al descender de ellos. Por cada laburante treinta desocupados y está cifra va a más.

Tengo trabajo porque mi padre y mi abuelo ocuparon mi puesto antes que yo; sí, para las unidades de carbono los cargos laborales ya son hereditarios.

2

—Llegaste vivo.

—Llegué vivo y vos también —contesto educadamente.

Así nos saludamos ahora.

—¿Y Gutiérrez? —pregunto señalando un escritorio vacío.

—Una molotov, murió mal.

Cada tanto uno no vuelve. Las fuerzas de seguridad están desbordadas. Hondas, bazookas lanza piedras, el arsenal casero para derribar globos de vigilancia aerostático es amplio y eficiente. En cuanto a los arcabots asignados a las fuerzas del orden todo resulta inútil debido a las Leyes Asimov. Se los intentó proveer de pistolas Taser no mortales, pero nada, las leyes encriptadas en sus cerebros positrónicos les impiden dañar a un humano.

3

Muestro mi papeleta de laburante y los policías me permiten descender las escaleras. Necesito abordar el subte para alcanzar la terminal del ferrocarril del oeste. Un trayecto en apariencia seguro. Yo trabajo en Megaciudad Buenos Aires y vivo en Merlo, una ciudad dormitorio.

Le tengo miedo al subte, no hace mucho los desocupados se las ingeniaron para hacer detonar una bomba de gas mostaza. Hubo muertos y una montonera de heridos. Atacan en las horas pico, cuando todos van o cuando todos vuelven.

4

Mi abuelo me contó que cuando él era chico los trenes contaban con asientos, cinturones de seguridad y ventanillas. Yo no sabía si creerle o no; jamás vi semejantes comodidades en una formación ferroviaria. Ahora todo es acero, ni siquiera hay mirillas para observar el exterior y en cuanto a los asientos, sólo argollas para sostenerse durante el viaje. Cada tanto un impacto hace gritar al pasaje. Los desocupados no cejan en sus intentos por destruir un tren. Cada muerte significa la apertura de una oportunidad de trabajo.

5

Es invierno, la noche cae temprano. Prefiero caminar a esperar al semioruga de la línea 24. El paso firme, la atención puesta en cada sombra, en cada ruido y esa piedra que me da en la frente.

—Dame tu papeleta.

—Estoy desocupado.

—Mentís —gruñe el flaco haciéndole una seña al hombretón que lo acompaña.

Patadas, pisotones, pretendo resistirme, pero llegan más; uno de ellos sostiene una pala.

—Ya te vieron bajar del tren, sin papeleta nadie sale de la estación —afirma el flaco.

—Tomá.

Siempre la oculto al salir de la estación. Antes evitaba el atraco escuchando los silbidos. Así señalaban a un ocupado los desocupados, pero al parecer ese método de comunicación ya está caduco. No escuché silbidos antes de que me derribara esa piedra.

—No me mates. No vas a ocupar mi puesto.

—Ya sabés cómo es… Yo no lo ocupo, pero otro sí… —responde el flaco dándole paso al de la pala.

6

Los políticos promovieron el uso de este instrumento, nunca falta algún alcornoque que al micrófono proponga:

“A cada vago le vamos a regalar una pala”.

En respuesta, estos “vagos”, hicieron de la pala su arma feroz.

—Dale duro, entregó la papeleta, no quiero que sufra.

Bien afilada basta un golpe para decapitarme y comprobar que sí, que una cabeza cortada llega a ver su propio cuerpo antes de morir.

Extraído de “El año de obtiene tu propio alimento”.

Podés completar la experiencia escuchando…


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