LA TARJETA DE CARTÓN

LA TARJETA DE CARTÓN

El protagonista de esta historia parece no darle importancia a la incorporación de Argentina al Tercer Reich Alemán, otras son sus preocupaciones. Descubrí qué hay detrás de «La tarjeta de cartón».

Por TP Ahumada

1

El dirigible de La Martona sobrevuela Buenos Aires recién llegado de Europa. Abajo, las juventudes pardas, invaden otra vez “el Once” buscando victimas para sus puños mientras en Monserrat, un hombre organiza papeles y libros luciendo a la vista una tarjeta de cartón.

2

El Archivista no dramatiza su eterno trabajo; tampoco le importan los cambios sucedidos a partir de aquella llamada telefónica que incorporó a la Argentina al Tercer Reich Alemán. A su edificio de altos las querellas políticas no entran. La planta baja, tres pisos, los subsuelos, los altillos, los balcones franceses, los anaqueles, las librerías; estas cosas, —el espacio—, sí importan.

Sedentario, mediana estatura, mediana edad, mediana calvicie, las yemas de sus dedos gastadas de dar vuelta las páginas.

3

No es fácil recurrir a él. Sus amos deben extenderle al visitante una tarjeta de cartón muy específica, sin ella nadie puede pisar los niveles superiores e inferiores de aquel laberinto. Y sin embargo…

4

El estruendo provocado por el llamador lo convoca al umbral. Detrás de la puerta un oficial y dos SS enfundados en sus elegantes uniformes negros.

—¿Puede mostrarme su tarjeta de cartón?

El oficial alemán sonríe, se lleva la mano al brazo izquierdo…

—Esta es mi tarjeta de cartón —afirma señalando su brazalete decorado con la esvástica.

—Sin la tarjeta…

Alto, orgulloso, ario; el alemán se hace paso sin empujar al burócrata. En verdad está sorprendido de que este hombre de insignificante aspecto se atreva a darle peros.

5

—Vengo de Berlín, vengo por el “Informe Malaquías”… sabemos que aquí existe una copia.

El “Informe Malaquías”, un acertijo milenario expresado entre sus páginas. Los amos lo consideran un libro cuádruple “A” y como tal está muy bien guardado.

—Sin la tarjeta…

El oficial ya no sonríe. Rígido hace una señal y los dos SS arman sus fusiles máuser de manera amenazante.

El Archivista ni siquiera suda. Apenas si corrige la posición de sus gafas en señal de fastidio.

—Síganme.

6

Suben las escaleras, acceden a un pasillo, doblan a la izquierda, descienden por una escalera idéntica a la anterior, nuevos corredores, nuevas escaleras; las paredes forradas de papeles, biblioratos y libros.

Los tres alemanes ya no saben dónde están. Bombillas de baja intensidad señalan un camino que no deja de bifurcarse arribando a escaleras que suben o bajan.

—¿Qué es todo esto?

—El camino a la bóveda —señala el Archivista— aunque sin su tarjeta…

7

Monstruosa, una obra de minuciosa ingeniería victoriana.

—Sin su tarjeta de cartón sólo yo puedo ingresar en ella.

—Déjese de idioteces… no he viajado desde Berlín para someterme a sus burocráticas rutinas y ordenanzas…

El Archivista muestra intenciones de ingresar primero. El oficial desconfía y lo retiene ordenándole a uno de sus SS marchar en vanguardia.

Todo está oscuro y de repente la luz.

8

El oficial alemán no imagina esto. Ni en fotografías ha contemplado una bóveda de este tipo. Gruesos muros de acero para proteger ese vestíbulo que da acceso a siete corredores.

Aquí los libros se encuentran protegidos tras cristales. Muchos responden a proporciones impropias, demasiado grandes, de aspecto inmanejable.

El Archivista acciona una llave. Uno de los siete pasillos comienza a iluminarse en faces y el oficial desenfunda nervioso su pistola Luger.

9

Un cadáver, más adelante otro, luego el pasillo se bifurca.

—¡Basta de trucos!… ¡Quiero ese informe!

Parsimonioso, el Archivista revisa que su tarjeta de cartón —idéntica a la solicitada al visitante— se encuentre en su sitio y a la vista. Un viento helado carente de humedad brota de aquella bifurcación. El piso, el techo, todo es acero.

—¿Qué les ocurrió? —exige una respuesta el oficial apoyando el cañón de su Luger sobre el estómago del sedentario archivista.

—Eso.

10

Dientes afilados, orejas puntiagudas, la piel enverdecida. En algunos lugares de España los campesinos los llaman “maneiros” y sólo se los puede hacer nacer durante la doceava campanada de la noche de San Bartolomé. Brotan de la oscuridad como un cardumen de pirañas, apenas miden metro veinte y no hay grasa en sus cuerpos.

—Muéstrame… —le dice uno al soldado SS que marcha dos metros por delante de la escueta comitiva.

El SS no comprende, no da respuesta, apenas retrocede un par de pasos, apunta con su fusil Máuser a ese bicho, pero nunca logra presionar la cola del disparador. Como un torrente se lanzan sobre el germano clavándole uñas y dientes mientras quien preguntara vuelve a preguntar.

—Muéstrame.

El archivista señala su tarjeta de cartón abrochada sobre su solapa y el infame ser deja de prestarle atención.

—¡Démela! —ordena el oficial.

—Son personales, usted debió proveerse de la suya —informa el Archivista.

—Muéstrame.

11

Sobre la Presidente Luis Sáenz Peña strasse, el Mercedes Benz descapotable se llena de agua con la lluvia del sábado. Desde hace una semana esta estacionado allí, en Monserrat, inmune a los toqueteos o al robo. Todos saben a quienes pertenece y nadie pretende embarazarse denunciando el abandono, ni siquiera la policía nativa. En cuanto al Archivista, él como todos los días ingresa al edificio a la hora seis de la mañana para marcharse a las seis de la tarde y siempre sosteniendo en su mano la tarjeta de cartón.

Extraído de “El Archivista y otros relatos de la Argentina ocupada por el Tercer Reich”.


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