LA VERGÜENZA DE AMÓN – PARTE II

LA VERGÜENZA DE AMÓN

Compartimos con ustedes la segunda parte de La Vergüenza De Amón, el homenaje de nuestro escritor favorito al mítico Nippur de Lagash.

Por TP Ahumada

LA SOMBRA DEL GENERAL

Desolaciones, arenas, rocas de bordes filosos. Las rutas de las caravanas quedan atrás; quien perdiera el Alto Egipto elige un derrotero incapaz siquiera de alumbrar espejismos. Desde su montura, Simbar lo observa desconfiado; el faraón y sumo sacerdote de Amón le ha prometido riquezas, pero el mercenario sabe que a los hombres poderosos jamás les ha gustado, les gusta o les gustara dejar testimonio sobre sus flaquezas y fracasos.

1

El Tigris, el Éufrates, Ur, Babilonia, Asur, estos nombres definen la geografía contemplada por Simbar cuando conoce al general Ninurta. Tierras fértiles abismadas por desiertos feroces; suelos florecidos de culturas arcanas y dioses tan antiguos como el propio Amón.

Ocurre el encuentro durante un conflicto fronterizo entre ciudades estados; el general depara en la destreza de Simbar con el arco, —sus flechas no dejan de dar en el blanco— y entonces elige al muchacho para volverlo su sombra.

La piel curtida por los soles del mundo, la barba enrulada, el temple sereno. No le gusta permanecer en Medinet Habu mientras el general marcha al combate, pero órdenes son órdenes.

2

Descubre al faraón y sumo sacerdote de Amón escondido entre las columnas de la sala hipóstila; el hombre ha logrado escabullirse de su propia guardia, viste ropas casuales ajenas a su rango, la tensión del asedio demuele su temple.

—¿Puedes sálvame?

—Puedo —responde parco el mercenario.

Noches atrás, —o quizás apenas horas antes—, la osadía de dirigirse a Amenhotep de manera directa habría costado la vida del guerrero urrita.

3

Un túnel, las postrimeras de los puestos de guardia enemigos, la noche oscura, el sigilo, hurtar caballos para luego trepar silentes los montes que abren paso a las inmensidades del desierto libio.

Simbar desconoce los secretos de aquellas arenas. Ignora la ubicación de los pozos o los vericuetos desarrollados por las caravanas al sudoeste de la Primera Catarata. Falencias que Amenhotep no padece.

—Casi no queda agua…

—Bastara —responde ronco de arena y vergüenza quien cabalga montado sobre las ancas del animal como confundiendo al equino con un asno.

4

Días, semanas y detrás de una duna aquello. Palmeras, el pozo de agua, la presencia de un templo asomado entre cúmulos de arena. Sin el auxilio de un mapa o la experiencia de visitado alguna vez ese sitio, Amenhotep alcanza su meta sorprendiendo a Simbar.

—Apea los caballos y sígueme.

La orden no brota entre balbuceos temblorosos. Pisar esos suelos esquivados por las caravanas y los merodeadores libios, simula restablecer la potestad de quien abandonara a su suerte todo un país.

5

Superado su umbral no existe el patio habitual, en su remplazo, ingenieros obedientes tramaron un deambulatorio y detrás una sala hipóstila singular donde en lugar de columnas yacen esculturas de dioses pretéritos; divinidades desconocidas por el vulgo y los sacerdotes inferiores; deidades a las cuales rezó el propio Amón.

Antecedido por Amenhotep, el mercenario avanza con el arco enfundado en su carcaj y la daga de bronce guardada en su vaina. Quien fuera señor del Alto Egipto le ha mandado penetrar inerme estas entrañas apenas lamidas por la luz sibilante de los fuegos fatuos.

No están solos. Entre los ocres de los claroscuros brillan decenas de ojos inyectados en sangre; pertenecen a babuinos maliciosos, simios de dientes feroces y fuerza bestial.

—Cuando alce mi mano te arrojaras al suelo, apoyaras tu frente sobre el piso y extenderás tus brazos hacia delante en absoluta señal de sumisión —ordenó Amenhotep a las puertas de esta construcción siniestra.

6

Ambos yacen arrojados sobre el piso, cuando las teas se encienden develando las formas crudas de aquel santuario rodeado de paredes vedadas a los jeroglíficos y las policromías.

Queriéndolo evitar, su curiosidad lo traiciona. Tan sólo es un vistazo ocurrido entre fracciones de segundos; un lapso de tiempo mínimo pero suficiente para grabar en su mente la imagen de aquel inmortal rodeado de simios de colmillos largos.

Simbar demora en ponerle nombre a ese rostro donde se insinúan amenazantes los rasgos de un babuino. Sólo una vez, en la parte vieja de la Ciudad de las Cien Puertas, topó con una representación de Jonsu donde en lugar de la cabeza de niño se encontraba la de un primate hocicudo.

El silencio se interrumpe, postrado junto a él, Amenhotep comienza a pronunciar frases en la lengua secreta de los sacerdotes a las cuales el dios menor de la triada tebana no contesta expresando disgusto en su callar solemne.

7

Despedazado y devorado Amenhotep, el inmortal dirige su mirada al mercenario. Baila errante el báculo en su mano; una señal y los babuinos se lanzarán sobre Simbar.

—La vergüenza de Amenhotep es mi vergüenza —afirma Jonsu expresándose en lengua profana— tus ojos lo han visto temblar, aterrarse y perder un reino… Derrotado ha osado recordarme para llegar ante mi pidiendo auxilio… Oro y ejércitos que Amón le negó…

A cada palabra suya el aire del recinto se espesa mientras los simios se inquietan.

—Levántate y mírame… —ordena Jonsu— este miserable pidió para ti el destino que ha sufrido él… No será así… Tú, forastero, regresaras a la Ciudad de las Cien Puertas, allí te encargaras que el nombre de Amenhotep no sea borrado de los obeliscos, pero si sus títulos y el número de orden que prosigue a su nombre… En su lugar los mortales deben señalarlo como “la vergüenza de Amón”… Así lo he decidido.

Epilogo

La ciudad de las cien puertas está inundada de tanitas. El faraón del norte ha declarado la unificación de Egipto, un logro que no sobrevivirá a la siguiente crecida del Nilo.

—¿Ya cumpliste con el dios?

—Si general… Ya podemos marcharnos…

Ninurta no murió en aquel paramo. Disfrazado de mercader babilonio se encuentra al otro lado de la mesa besando su jarra. Mucho trabajo hay al sur de la Primera Catarata… El País de Kush… ciertos sacerdotes refugiados en Napata… una guerra intestina entre príncipes etíopes…

—Entonces marchémonos… nuestras cabezas tienen precio.

 

Fin

 

TP Ahumada, extraído de: “Epopeyas de Ninurta el urrita”.


Si te gustó este post, compartilo en tus redes para que más personas puedan conocerlo, conocer es compartir 😉

¿Te gustó este contenido?

Tags from the story
, , ,