LA VERGÜENZA DE AMÓN – PRIMERA PARTE

Nippur de Lagash

En tierras lejanas, sacerdotes, mercenarios y generales protagonizan un gran homenaje a Nippur de Lagash, el mítico personaje creado por Robin Wood y Lucho Olivera.

Por TP Ahumada

Primera Parte: Tanis contra Tebas.

El peso de la vergüenza encorva su cuerpo; durante días apenas sabe señalar el rumbo o indicar el momento de suspender la marcha. Su séquito se compone de algunos caballos —que él monta como si se tratara de asnos—, de agua y de un solo mercenario llamado Simbar. En cuanto a su potestad, evidentemente ha quedado en Tebas.

1

Ante los avances de los ejércitos de Tanis la huida le es sugerida numerosas veces; incluso Ninurta, el general urrita, la propone, pero Amenhotep considera deleznable esta oferta; tan solo la idea de ser recordado como el responsable de perder el país le resulta una blasfemia cobijada entre sus propios pensamientos.

Recién cuando la noticia de la caída de Naqata alcanza Tebas, acepta refugiarse en el templo fortificado de Medinet Habu.

Entre estas altas murallas erigidas en tiempos de Ramsés III, el sumo sacerdote de Amón y faraón del Alto Egipto reza a la triada santa por un milagro que no quiere acontecer.

—Intentaré detenerlos aquí —afirma el general Ninurta apoyando su dedo sobre un páramo ubicado al occidente del Nilo.

Con la partida del ejercito de mercenarios emigran de la fortaleza demasiados sacerdotes. Algunos optan por buscar refugio en el País de Kush, mientras otros eligen las arenas merodeadas por los nómades libios.

Contemplar el éxodo acometido por sus iguales lo asquea. A sus ojos son desertores inmorales; seres impíos dueños de una fidelidad inferior a la de esos mercenarios ya de camino a la masacre.

2

Numerosas veces el sol fue eclipsado desde que dos faraones gobiernan en Egipto; uno entronizado en la deltica Tanis, el otro ungido en la religiosa Tebas. El segundo representa a la teocracia nilótica, un estado edificado por los sacerdotes de Amón.

Durante décadas la rivalidad se expresó verbalmente sin alcanzar jamás la abominación de la guerra. Hoy, el nuevo faraón del norte, no sólo sueña con reunificar Egipto; lo está haciendo. En cuanto a dioses, ambos países privilegian a la misma triada: Amón, Mut, Jonsu.

3

Los cielos se replican en las aguas cristalinas del Lago Sagrado, un estanque construido en la seguridad del templo y visitado por elegantes ibis de picos largos. Un remanso de paz donde Amenhotep aguarda angustiado noticias de su ejército.

Primero son ruidos distantes, luego gritos cercanos. Sortean la muralla perimetral con la facilidad del viento.

—Ya están aquí —confirma sus peores temores un sacerdote envestido con los emblemas propios de un escriba palatino.

4

En el último solsticio, los espías en Tanis remitieron informes alarmantes; allá en el delta se producían reclutas constantes y se acumulaba demasiado hierro ya forjado.

—Necesitamos incrementar nuestro número con mercenarios nubios y etíopes… —vociferó Ninurta ante los oídos avaros de los sacerdotes.

Excelentes administradores, pésimos soldados, los adoradores de Amón declinaron la propuesta. Sus mentes —acostumbradas al litigio comercial y la intriga palaciega—, imaginaron que de ser verdadera la amenaza bélica comprarían la paz del Alto Egipto sobornando al faraón tanita.

El fracaso de aquella estrategia resultó rotundo. Tebas remitió emisarios al encuentro de los ejércitos del delta; propusieron el soborno y, en respuesta, sólo sus cabezas regresaron.

5

Un extraño rictus domina el rostro de Amenhotep al contemplar la hecatombe que pudo ser evitada recurriendo a los tesoros de Tebas. Columnas de humo negro emergiendo de las urbanidades ocurridas a extramuros; los carros de guerra persiguiendo fugitivos por el descampado; el asesinato injustificado de niños, perros y esclavos.

Frente a los pilonos orientales, el enemigo presenta los canastos atiborrados de manos. Es todo lo que queda de las fuerzas comandadas por el general Ninurta, esto y algunas picas sosteniendo las cabezas de sacerdotes de alto rango asignados a ese ejercito tebano.

La muerte de todos esos mercenarios no se debió a lealtades o heroísmos sino a una excelente maniobra ejecutada por los tanitas. Luchaban en el punto elegido dispuestos a huir en caso de avizorar la derrota cuando las líneas de retirada quedaron cortadas de forma imprevista. Combatieron como leones durante un día entero y los resultados están allí, frente a las murallas de Medinet Habu. Cientos de manos cercenadas, pero no las del general Ninurta.

TP Ahumada, extraído de: “Epopeyas de Ninurta el urrita”.


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