LA NUBE

la nube

«En La nube está todo y por eso, navegándola, me topo con ese recuerdo que tanto costó olvidar», asi comienza el nuevo relato dominical. ¿Te animás a descubrirlo?

Por TP Ahumada

1

En “la nube” está todo y por eso, navegándola, me topo con ese recuerdo que tanto costó olvidar.

2

Sólo una fotografía reciente en una página de busca empleos fría como un cubito.

Me cuesta reconocerla. Los labios, el peinado, esas gafas enmarcadas en baquelita blanca. No está destruida, sólo es distinta.

3

Cuando cortamos dolió. Yo no podía creerlo. A esas alturas del partido revivir las angustias de un adolescente y ella como si nada. Se sentía segura; entendía que si se arrepentía sólo necesitaría levantar el teléfono para decirme “hola”.

No puedo dejar de mirarla. Mi desconcierto está en el rostro, en ese look tan ajeno a lo que yo veía cuando me enamore de ella.

4

Es sabido que la atracción física entre dos cuerpos se extingue en un momento exacto, algo así como en dos años, cuatro meses, una semana, quince horas y seis minutos… Después de transcurrido este lapso temporal la cosa continua por amistad, acostumbramiento o desidia. A ella no la asaltó esto último. Pago yo la primera cuota de nuestro departamento y a los tres días me da el portazo.

—Mina que empieza de a dos termina de a dos…

Así dijo un sabio transeúnte y sí, nosotros habíamos comenzado de a dos; yo fui el clavo que sacó a otro clavo. Cuando terminamos, amistades comunes me hablaron de “el otro”.

5

Gruñí, maldije, lloré, soñé. Fueron meses fastidiosos; la visita al psiquiatra se volvió impostergable.

—Una todos los días.

Medicación a la cual yo agregué cierta dosis de wiski. Igual todo tardó. De día en día aguardaba una señal de retorno y, esta vez, eso no sucedió.

6

Pasados los años esta fotografía en “la nube”. La conocí y me enamoré; hoy no entiendo de qué.

—Somos incompatibles.

Volvió habitual esta frase después de unas cuantas visitas a casa de una amiga cuyo hermano era marinero.

—A mí me gusta el fútbol, a vos no… A vos te gustan los libros, a mí no…

Yo la escuchaba sin replicar, pero sospechando de ese marinero.

7

—Te volvió a llamar —pregunta Juana al ver la fotografía que imprimí anoche.

—¿Cómo la ves?

—Está igualita —responde mi colega especializada en la historia del próximo oriente asiático.

—¿De verdad?

—Pregúntale a Olga, a ella también se la presentaste.

Fui más allá de Olga y todos dijeron lo mismo.

8

Muchos grandes hombres no admiten la existencia de la casualidad y, sin embargo…

—Hola.

Reconozco ese tono de voz y me hago el tonto.

—¿Quién es?

—Yo.

9

No me congelo. No me derrito.

—Qué pasa, te molesto, estas ocupado…

—No estoy haciendo nada…

No busco una cita y menos que menos en ese albergue de lujo con spa, masajistas y vista al río más ancho del mundo.

—¿No tenés ganas de hablar?

—Somos incompatibles, ¿te acordas?

Se me escapa esta respuesta. Pura tentación y oportunidad tintada de revanchismo y autosuficiencia.

—Bueno, chau… Si algún día tenés ganas… —balbucea escondiendo su sorpresa.

—Agendo tu número…

10

Aseguran que un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes, y en mi caso esto fue así; más hoy, ese poderoso cabello ha perdido su fuerza y no por culpa de otro clavo —no tengo novia, sólo amigas y casi todas “compatibles”—. Superado el trance siento alivio, acabo de comprobar que vivir sin ella no está nada mal.

Extraído de “Descorazonados o La burla del Destino”.


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