EL MARAJÁ DE LA LUNA

microrelato

Por T.P. Ahumada

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Asustados están los ancianos, Eustaquio Montoya, el marajá, está falleciendo indefectiblemente y entonces la muerte penetrará en la colonia.

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Cincuenta años atrás, el ACP4 (1) Rancagua se extravió en los cielos con sus doscientos treinta y cuatro tripulantes. A punto ya de naufragar, el azar les permitió descubrir esta luna habitable donde encallar. Desbordada por la luminosidad de dos soles allí existían bosques, pájaros, cuadrúpedos, montañas, peces, lagos, mares y esa gitana llegada con ellos.

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Encallada la cosmonave sus restos sirvieron para armar la colonia. Luego vendría la tala de árboles, la cocción de ladrillos y el trazado de calles. La tierra era buena y el maíz transgénico creció como si hubiese sido sembrado en humus pampeano.

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Nacida en Periferia Cuatro, Esme contenía en su saber las artes de sus antepasados romaníes. Sabía maldecir, profetizar y realizar conjuros.

A una semana del desastre los náufragos del Rancagua organizaron un asado festejando las bondades de estos climas. Entonces alguien del montón le solicitó a Esme realizar un vaticinio sobre el futuro de esta colonia improvisada.

La gitana se negó, pero pronto un coro de voces se sumó a la súplica.

—No es conveniente —afirmó Esme pero entonces intervino la comandante del ACP4 Rancagua convirtiendo el pedido en una orden.

—Sólo puedo decirles que la muerte no acontecerá en la colonia antes de ocurrir el fallecimiento del teniente de fragata Eustaquio Montoya.

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Al principio aquello no alarmó a nadie, el teniente de fragata Eustaquio Montoya acababa de cumplir los treinta y un años y gozaba de una salud de fierro. No obstante, al oficial en cuestión se le erizó la piel tras escuchar la profecía. Nadie puede sentirse contento de saberse condenado a ser el primero en morir.

Pasados diez días, el estado de despreocupación de los colonos comenzó a transformarse. Al oficial se lo mudó a la mejor vivienda mientras se lo relevaba de tareas arriesgadas como el acerrado de troncos o el salir a explorar. Eustaquio Montoya acabó sintiéndose preso en una jaula de oro, una sensación angustiosa que duró poco.

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Transcurrido medio siglo, la población de la colonia creció exponencialmente, durante este tiempo ocurrieron accidentes graves, pero como profetizó Esme nadie murió.

Sobrevivido este periodo la actitud de Eustaquio Montoya ante su destino fatal cambió radicalmente. De improviso comprendió que los colonos se comprometían más y más con su bienestar: la mejor comida, el médico ocultándolo cada mañana, el único arcabot de la colonia asignado permanentemente a sus caprichos sibaritas. Le bastaba solicitar cualquier cosa para que todos se desvivieran por cumplir sus deseos. Tiránico, inflexible, se lo acabó apodando “el marajá”

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Los restos carcomidos del ACP4 Rancagua jamás dejaron de ser sombra. Sus cámaras criogénicas aún contenían simientes y embriones ganaderos. Vuelto un monumento útil vio nacer generaciones nuevas: los selenitas.

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El mayor de los nacidos aquí pronto cumpliría los cuarenta y siete años terrícolas, el menor estaba por brotar.

Todos fueron educados priorizando los servicios al marajá. Algunas mujeres y mancebos perdieron su virginidad por su causa. Y los ancianos aprobaban esto.

Las celebraciones del octogésimo tercer cumpleaños del marajá fueron anunciadas para el jueves próximo. Lechones, corderos, alguna vaquillona. Ni la comandante, al cumplir sus ciento once años generó un festejo de semejante proporción como tampoco lo hizo el oficial científico al conmemorar sus ciento veintiún años de vida.

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A los vástagos, a los selenitas, este asunto de servir al marajá en todos sus caprichos no les gustaba. En secreto, en las afueras de la colonia, organizaban fiestas clandestinas donde daban vivas al regreso de la muerte.

Una tal Nélida lo propuso y de inmediato todos estuvieron de acuerdo. La nieta de Esme casi se llamaba como ellos, Selene.

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Selene, siendo demasiado joven, reconocía las plantas como toda una maestra herborista. Nélida era su amiga linda. De ella amaba sus pecas, su nariz respingada y esas cejas negras azabache. Cuando esta le propuso romper la maldición fraguada por la casualidad sobre las generaciones selenitas, Selene descartó pronunciar un no.

Aquel era un bosque sin nombre, pero cobijaba un lugar propicio. Selene se presentó sola, pronunció palabras, quemó hierbas y decapitó a un pajarito cantor. Luego volvió juntó a Nélida para decirle:

—A la hora exacta de su nacimiento el marajá morirá y al fin la muerte entrará en nuestra luna.

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Exactamente a la hora trece con cuatro minutos el marajá se llevó un bocado a la boca para a continuación escupirlo y comenzar a vomitar sangre.

El horror se encriptó en los ojos de los ancianos, el médico corrió a socorrerlo sin poder hacer mucho salvo escuchar aquel último estertor gutural.

Como prometió Selene el marajá murió en un momento exacto permitiéndole a la parca alcanzar la colonia.

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Los ancianos guardaron luto mientras los selenitas se regocijaron. La muerte de los antiguos al fin daría lugar a los nuevos ya casi viejos.

En pocas semanas, de los padres fundadores sólo quedó una tercera parte. A todos se los enterró en ese cementerio recién estrenado. En cuanto a las causas de sus fallecimientos, el nuevo doctor de la colonia siempre dio un mismo diagnóstico…

—Otro que se murió de miedo.

 

TP Ahumada. Extraído de: “Nuevas Crónicas de Periferia Cuatro”.


(1) – ACP4: Armada Cosmoespacial de Periferia 4.

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