PANDEMIA

cuento de futbol

Para acompañar el inicio del torneo local, compartimos con ustedes un cuento de fútbol por nuestro autor dominical.

Por TP Ahumada

A Gabriel Vandaele

1

El partido va tres a tres, las tribunas explotan, gritos, canticos, papelitos, insultos, alguna lata de Pepsi intentando alcanzar a la hinchada rival y de repente, el Gordo Batista hace silencio.

2

Nadie sabe qué comió, bebió o fumó, lo cierto es que el eximio líder de aquella barra brava desatiende sus funciones en pleno partido. Sus hinchas proponen cambiar el cantito por uno más feroz pero el Gordo Batista, en lugar de decretar un “si” o un “no”, simplemente gesticula pidiendo calma.

—¿Y jefe?

—Tranquilos… disfrutemos el juego… que gane el mejor.

3

Quienes lo escuchan cruzan miradas que acaban clavadas en el Laucha Pedroni, ladero inseparable del Gordo Batista.

—Sí muchachos… vamos… vamos… arranquen con el otro…

El ritmo apenas cambia, pero la letra se vuelve más insultante esparciéndose sobre toda esa parcialidad enronquecida como una mancha de aceite.

4

Preocupado, el Laucha Pedroni se sienta junto al líder que, sí, está sentado en su butaca y no de pie conduciendo a la barra.

—¿Qué te pasa Gordo?

—Míralos Laucha… ¡qué partido!… un ballet…

El Laucha obedece, mira y ya no se levanta, no canta, no insulta. De hecho, adquiere una conducta educada donde incluso recurre al perdido vocablo de “señor” para referirse a algún desconocido.

5

No pasan minutos sino segundos. Abajo el equipo hace el gol de la victoria y todos gritan; mejor dicho, casi todos, porque la barra brava del Gordo Batista se limita a aplaudir ocupando cada uno su butaca en las gradas. Nada de gritos o improperios, un aplauso, como si estuviesen disfrutando de una velada sinfónica.

6

Al igual que los cánticos esta actitud comienza a contagiarse. Se derrama sobre todo el estadio sin respetar parcialidades, generando un clima enrarecido, impropio. En la sala de prensa los periodistas se preguntan qué ocurre, nadie lo sabe.

7

Acaba el partido cuatro a tres y la parcialidad vencedora se pone de pie para aplaudir a la rival que a su vez le devuelve la atención. Todos han visto un excelente espectáculo y sosegados abandonan el estadio sin burlas, sin gritos, sin quemar neumáticos en la calle, simplemente comentan el partido con la calma que muestra la gente al salir del cine tras ver una buena película.

8

Se lo denomina “el momento cero”. Setenta y cinco mil personas contemplaron aquel encuentro deportivo y sin que nadie los detenga se derramaron sobre la gran ciudad esparciendo la pandemia. Autobuses, ferrocarriles. Al día siguiente, en los trabajos no hubo burlas, todo se limitó a estrechones de manos y frases del tipo: “ganó el mejor”.

9

El gobierno demoró en notarlo, algunas ciudades cerraron sus puertas, pero ya era tarde. Cierto periodista comparó esta situación con una hecatombe zombi, mientras otros, —sin fundamento alguno— culpaban a un virus experimental. Vocablos peyorativos como “fierita”, “amigu”, “gato”; dejaron de utilizarse en menos de una semana. La agresión callejera trocó en discusiones por dar el paso. Algo similar ocurrió entre los automovilistas. En los colegios los alumnos volvieron a utilizar guardapolvos.

Nadie sabe qué originó esta epidemia, solo se sabe que el Gordo Batista fue el paciente cero y que hoy los países vecinos han cerrado sus fronteras.

Fin

TP Ahumada. Extraído de: “El Infierno era una Fiesta y otros cuentos de terror”.

Podés terminar la experiencia escuchando…

 


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