PERSEGUIDOS

perseguidos

Nuevo relato de nuestro enigmático escritor: una historia ambientada a principios de siglo pasado en tierras patagónicas (o pampeanas) con agrimensores, regalos y reyes.

Por TP Ahumada

1

Ya durante el día habían notado esa presencia, no lograban verlos, pero allí estaban, observándolos desde las lomadas, ignorados por ñandúes y guanacos.

2

Gauchos matreros o indios. No podían ser indios, Roca ya los había sometido a finales del siglo pasado; quizás gauchos matreros…

Dejaron de pensar en ello y continuaron midiendo y dibujando mapas.

3

El calor de enero molestaba, la sequía devoró las lagunitas, la boca pastosa, el polvo, sal en la garganta, igual no se quejan, en cierta forma habían nacido para esto. Falta mucho por medir en el mundo.

4

Otra vez esa sensación, sentirse observados de lejos.

—¿Montaremos guardia?

—Le parece Arévalo… somos dos…

—Y ellos tres… nos quieren cansar…

Arévalo sabe que son tres por el oído y el facón. Se sabe ese truco gaucho de clavar el facón en la tierra y ponérselo a escuchar.

—Son tres animales de montar y los tres cargando el peso de un hombre, pero no son caballos…

—Raro.

5

Turnos de dos horas, en la lontananza no se divisa un fuego o una silueta. No hay relinchos ni pájaros desbandándose. Ya van cuatro días de este suplicio, y de verdad están cansados.

Miden, dibujan, registran. Trabajan para el telégrafo, ellos dos son la vanguardia del progreso, detrás vendrán las cuadrillas a clavar los postes y tirar los alambres.

De riquezas, allí en el carro están los instrumentos de agrimensura y toponimia. Nada de brújulas de oro ni demasiados patacones en la cartera. Pero esos tres los siguen y sin dejarse ver.

6

—¿Qué demonios querrán? —gruñe Arévalo fastidiado por no poder verlos.

—Quizás imaginan que buscamos tesoros… a otros les ocurrió…

Disponen de buenas ópticas, pero es inútil. Sólo el facón y el oído de Arévalo confirma la sospecha de esas existencias.

7

Anochece, el viento sopla fuerte levantando polvareda. Tienen para una semana más antes de recurrir a un pueblo o una estacada donde aprovisionarse. Por aquí todavía no hay estancias ni cabañas lanares. No han pasado veinte años de conquistado este desierto.

—Tomo la primera…

—Como usted elija Arévalo, a mí me da lo mismo…

No se llevan mal, tampoco son amigos; compañeros o camaradas sí, amigos no.

8

Jornadas duras. Montar el trípode, abusar del teodolito, clavar banderines. Todo alrededor está seco, cada tanto el cadáver de un ganado cimarrón empecinado en volverse osamenta y ya mordido por algún perro chúcaro.

Todavía no le han puesto nombre de provincia a este territorio, a veces es la Pampa, otras la Patagonia, siempre un desierto.

9

Caen los parpados y Arévalo los reposa un par de segundos mortales. —La fatalidad ocurre, contra su voluntad—, se duerme.

10

El griterío de unos teros los despierta, notan el alba recién amarilla. Vergüenza terrible siente Arévalo mientras su compañero le advierte que dos fueron los responsables de dormir bien aquella noche.

—Yo sólo…

—Olvídese Arévalo… ya pasó… seguimos enteros…

11

1901 y estos paramos son tierra de nadie. Ya no hay malones, pero tampoco ley. Un vacío que se está llenando de a poco, con inmigrantes más que con gauchaje.

—No comprendo Arévalo… ¿me ha jugado una broma?

Arévalo lo observa frunciendo el ceño y descubre que a los pies de su camastro también hay un paquete.

—Yo no puse eso allí… ¿Usted sí dejó esto aquí?

Ambos se miran y se miden. En estas soledades la desconfianza se genera sola.

12

Son cubos envueltos en papel de color y atados con cinta en lugar de hilo sisal. Arévalo se anima y con delicadeza desenvuelve el paquete.

Brillan sus ojos al ver el contenido. Un par de espuelas de plata como en las que en Areco lucía el patrón Güiraldes.

—No es mi regalo…

—Bueno… no me haga esperar… desenvuelva el suyo —propone Arévalo sin lograr esconder su contento.

En el otro paquete un atlas legendario, un atlas conteniendo las cartografías extraviadas de Piri Reis, todas y no algunas.

—A mí, estas espuelas de plata y a usted ese libro… ¿le gusta?

—No me gusta, me enloquece, siempre supe de él, pero jamás lo vi y aquí esta… entero, con todos sus detalles… Miré Arévalo, el Cuerno del África como todavía no se dibujó…

13

Superado el entusiasmo ambos notaron la ausencia de esas presencias invisibles. Arévalo clava su facón en la tierra, apoya su oído al fierro.

—Ya no están… se fueron.

14

—Fíjese Arévalo aquí falta agua y pienso…

—Miré usted… ayer conté cuatro salamines, sólo queda uno… Usted lo…

—No.

 

TP Ahumada. Extraído de “Ultramundo”.

Podés completar la experiencia escuchando este tema:

 


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