PURUGUAY

luz brandán

Por Luz Brandán

Mi primer recuerdo es de estar llorando bajo la pileta del lavadero. Acurrucada con mi cara entre las rodillas. Las rodillas están sucias de jugar en el patio. Las lágrimas caen sobre la mugre y van haciendo un caminito blanco hasta dar con el suelo. Me miro los pies, no me gustan las zapatillas que tengo. Son grises con punta de goma. Pateo un fuentón naranja de plástico que tiene las orejas gastadas por el sol.

A mi lado está la puerta de chapa que da a la cocina. El viento mueve las tiras de colores que espantan a las moscas. Mi nona está haciendo milanesas, huele a perejil con ajo, conozco el ruido que hace cuando las empana. Entonces lloro con martillazos a la carne de fondo.  Ella me escucha llorar, pero está muy ocupada. Mi mamá vuelve apurada para almorzar, todo tiene que estar listo. Recién cuando termina la parva y pone a calentar el aceite, se asoma y me dice: – ¿Qué te pasa calabaza? No llores más. Andá a jugar a tu casa puruguaya.

Mi casa puruguaya es de piedra, sin muchos árboles ni plantas alrededor. Adelante está el acantilado donde rompen las olas cuando sube la marea. Está bien escalonado, puedo bajar por ahí tranquilamente con Tigre los días de playa. Corremos por la arena y nos metemos en el mar si hay buen tiempo. Pájaro, que es el mayor, nos cuida. Arriba, siempre nos espera Mamá con un cuenco de castañas asadas. Nos gusta sentarnos al borde del acantilado a mirar el cielo naranja cuando se esconde el sol. Mamá me enseña juegos con las manos, son como bailes  de palmas que siempre terminan juntas, mis manos con las de ella. Desde arriba, desde abajo, desde los costados. Todo me sale perfecto en Puruguay, nado sola y trepo en un solo pie al volver de la playa.

En cambio en casa, yo quedo todo el día con mi nona, que no le gusta salir de la casa. Cuando no le queda otra que ir a comprar algo, no puedo entretenerme en el camino, ni mirar un perro, un pimpollo o un chico que salta una verja.

Algunas veces me manda al  fondo a ver si llueve, cuando vuelvo a la cocina y me doy cuenta que se fue sin mí. Mi mamá trabaja mañana y tarde, se pinta las uñas de colorado, usa taco aguja y llega malhumorada por las auditorías y el dolor de pies. A veces me alza, me gusta su olor a perfume que se mezcla con cuero de cartera y cigarrillo Chesterfield. Me apoyo en su pecho para escuchar cómo le retumba la voz mientras habla. Si está contenta le cuento de mi casa puruguaya, de Tigre y Pájaro que son mis hermanos, pero si está enojada le digo que Mamá de Puruguay es mucho más buena.

Mi papá también trabaja todo el día y algunos fines de semana se va de pesca con sus amigos. Cuando eso pasa, mi mamá se encierra en el cuarto para no quedar con su suegra, y yo quedo a la espera de que algún tío me invite a dar un paseo.

Un domingo, mientras miraba Disneylandia, mi papá volvió con tres surubies colgando del hombro. Fue tal mi susto que para calmarme me dijo que los había pescado en Puruguay.  Yo que había nadado tanto en ese mar, sólo había visto peces divinos, coloridos, jamás esos bigotudos en blanco y negro. Era raro.

También te traje una malla, me dice.

Hurgó entre anzuelos y rollos de tanza y me la dio sin ningún envoltorio. Era una enteriza anarajada con flores verdes y amarillas.

¿De dónde la sacaste?, le pregunta mamá irritada.

La encontré tirada en la orilla.

Entonces era posible, esa era mi malla, mi malla puruguaya. Aunque en Puruguay no la necesito, no importa la ropa porque no hay vergüenza. Puedo cantar con Mamá que conoce tantas canciones. Son todas tan preciosas que con Tigre y Pájaro podemos quedarnos cantando por horas. A ella le gusta trenzarme el pelo mientras me canta: Hilitos, hilitos de oro…

Con mi nona no me dejo peinar, me tiene que perseguir por toda la casa y cuando logra atraparme, me sienta derecha para pasarme el peine humedecido con vinagre – Porque es feo que te digan piojosa.  Las dos colitas quedan tan tirantes que me quedan los ojos japoneses. A mi mamá no le gusta cómo me peina, prefiere verme despeinada con tal de no aguantarme llorando.

Justo entre el patio y mi casa está la pileta del lavadero por debajo voy y vengo de Puruguay.  Allá dormimos en hamacas, hamacas puruguayas dentro de la casa de piedra. Mamá nos cuenta historias fantásticas de otros mundos y Pájaro le agrega disparates para hacerme reir.

Una noche antes de acostarnos ella me lleva hasta el acantilado. El cielo está estrellado se puede ver el blanco de la espuma moviéndose abajo. Mamá se sienta en una roca y me hace upa. Apoyo mi cabeza en su pecho, escucho retumbar su voz mientras canta. Yo me hago la dormida y ella sigue, hasta que me abraza con fuerza, me besa la frente y se despide. Siento como caigo por el acantilado, esa sensación horrible del vacío.

Ahí está el recuerdo, estoy llorando bajo la pileta del lavadero. Las rodillas están sucias, las lágrimas caen sobre la mugre y van haciendo un caminito blanco hasta dar al con el suelo. Al lado, mi nona prepara milanesas. Está ocupada, mi mamá tiene una hora para almorzar. Mientras se calienta el aceite, se asoma y me dice: ¿Qué te pasa calabaza? Andá a jugar a tu casa puruguaya.  Estallo en llanto,  pateo el fuentón naranja. Ahora el caño de la pileta me pega en la cabeza.

Luz Brandán 17/09/2018

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