RECETA ARCHIVADA

receta archivada

En Receta archivada tres amigos deben reunirse para tratar el mismo problema que los afecta, una enfermedad poco común pero de tiempos inmemorables.

Por TP Ahumada

“Cuídate de los pacientes fieles, suelen ser posesivos.”
Profesor Bulwer.

1

Oscuros planetas, soles distantes y el infinito representado en los abismos insondables del espacio. Alzar la vista es sufrir su vértigo. No siempre fue así, la noche es mi hora, mi amiga, mi hábitat. Esta maldición, esta enfermedad, surgió de pronto, como a escondidas. Quizás la culpa la tuvo el hombre al pisar la luna; desde aquella novedad no puedo caminar la vereda sin concebir la idea de caer, de soltarme de la tierra para ser absorbido por lo insondable.

2

De no ser por mis amigos ya habría muerto de hambre. No se salir de casa, no se vivir sin el auxilio de los densos cortinados, a la puerta de calle la abro recurriendo a un control remoto, la sospecha de saberme expuesto a la noche me produce un pánico visceral, indebido.

Hoy vendrá Lisandro. Su mal gusto es despótico. En cuanto a Max, como todos los años el frio lo expulsó de Buenos Aires obligándolo a refugiarse en Bahía, la ciudad de las iglesias interruptas.

3

Un coche frena mordiendo el asfalto. Escucho el ruido de sus puertas al cerrarse, el cotorreo, los golpes del llamador. Es Lisandro.

No son lindas, no son feas, son baratas.

—No puedo creerte Lisandro… nos prometiste una boîte y este es un museo…

—¿Y tú amigo qué?… ¿Se puso a jugar a las escondidas? —suelta la otra deparando en mi ausencia.

Hasta que la puerta no se cierra evito salir de mi escondite. El pánico venció definitivamente a mis buenos modales.

4

—Escuché de eso —afirma la rubia que no es rubia—, lo llaman panic attack. Uno de mis clientes es psiquiatra.

—¿Tiene cura? —consultó mientras sirvo una ronda de whisky importado de Escocia.

—No sé… te paso el teléfono… cuando le pidas un turno avísale que te manda Sarita.

Corroída por la mala vida Sarita no sabe mal. Igual extraño a Ludovico, otro amigo de vacaciones, ama la Costa Azul tanto como la buena comida. Lo que él trae siempre es caviar.

5

No pedí un turno, lo hice venir a casa, me advirtió que sus visitas a domicilio cuestan caras, pero a mí el dinero no me falta.

—Su descripción lo dice todo… una disfunción fisiológica… no necesito ser Freud para entender que el problema es la serotonina y su solución un tratamiento que combina paroxetina con clonazepam.

—Entonces tiene cura…

—Lamentablemente no, sólo se trata.

6

Hoy es miércoles y al caer el sol volverá el psiquiatra. Necesita chequear la dosis recetada que a mi parecer está funcionando bien; en apenas una semana ya me animo a tocar el picaporte de la puerta de calle. Algo impensable sin esas pastillitas que deberé consumir por el resto de mi larguísima vida. Esto último me ha traído un conflicto. Una duda que ni me atrevo a discutir con el atolondrado de Lisandro.

7

—Estamos en mayo, podría suministrarme las recetas por lo que queda del año… se las pagaré bien…

—Imposible señor Orlok, son medicamentos de “receta archivada”, adelantárselas es ilegal… pero despreocúpese, tendrá la suya todos los meses, después de mi visita…

La duda se despeja. Hace demasiado tiempo que no lo hago, pero necesito a mi psiquiatra; de hecho, voy a depender demasiado de él durante el resto de mi larga existencia.

8

Se acercan las fiestas y otra vez todos reunidos. Descorcho la primera de unas cuantas botellas y tomo la palabra.

—Amigos, les presento al doctor Westenra, él ya es uno de los nuestros.

Al principio, los tres vampiros lo toman como una broma, luego pasan al enojo y los gritos.

—Debiste consultarnos.

—El tratamiento funciona, acabé con el encierro, la noche vuelve a ser mi amiga y yo necesito esas recetas.

TP Ahumada. Extraído de “Noctámbulos y solitarios”.


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