UN SUEÑO HECHO REALIDAD

relato zombies

Nada mejor que un buen relato de zombies ambientado en el conurbano para encarar el día.

Por TP Ahumada

De haber contado con una bala, ayer me habría suicidado, la bala no estaba y hoy está maravilla. Los veo caminar torcidos desde mi ventana, si no me hubiesen cortado la luz por falta de pago ya habría prendido el televisor para ver las noticias, pero bueno, no hay electricidad en mi pequeño apartamento. Con cuidado deslizo la ventana y escucho ese balbuceo agónico. Una anciana abre la puerta de su casa con objeto de recoger el periódico y todos corren hacia ella. Son rápidos, tomo nota. Me pellizco, todo esto podría ser un sueño, pero no, la hecatombe zombi ya está aquí.

Paso frente al espejo y noto una sonrisa en mi rostro. Sí, esto es un milagro y no sé esconder mi alegría.

Reviso mi arsenal, dos carabinas veintidós, sin balas; un treinta y ocho, sin balas; un trabuco antiguo, sin pólvora. Descuelgo el sable.

Ayer el caos, hoy la gloria. Mi última comida fue una sopa negra hecha con cascaras de papa. Debo organizarme. Comienzo a escribir mi lista de compras. Primero será la comida, luego los electrodomésticos.

Vivo en un apartamento montado sobre pilares en el frente de una casa. Todas mis paredes cuentan con inseguros ventanales. No es muy grande, estudio donde colgaré el plasma que iré a robar, perdón, a adquirir.

Afuera una lluvia helada comienza a caer y yo sólo veo sol y cielos despejados. Ayer con la soga al cuello, hoy la posibilidad de volverme un pacha.

Además del plasma también quiero una tablet, pero antes, antes debo arreglar lo de la luz.

Ese es un problema, soy mal electricista, debería consultar con el vecino, pero ignoró cuál es su condición, quizás ya se lo comieron o tal vez ya está infestado.

Espió por la ventana, la verdulería de la esquina está abierta y con la mercadería en la calle. Hace dos meses que no como fruta, uno de sus empleados está parado frente a ella, los brazos caídos, un borbotón de sangre oscura manando de su cuello, lo mordieron temprano.

Todo muy lindo, pero necesito luz. Alguna vez me explicaron como reconectarla, pero ni me acuerdo. Sin luz no puedo cocinar, no puedo usar mi heladera, no podré disfrutar de ese plasma que todavía no fui a buscar.

Siempre quise un plasma y hoy, además, poseerlo es cuestión de supervivencia, allí en las cajas hay un montón de películas de zombis que voy a tener que volver a mirar. Siempre se aprende algo de ellas.

Recojo el sable, elijo las herramientas, miro por las ventanas, bajo las escaleras, abro la puerta de hierro, rompo la portezuela del medidor del suministro eléctrico y veo el cable desconectado, su extremo se encuentra blindado por un capuchón de plástico.

No hay zombis a la vista. Todos se han dirigido a la avenida, posiblemente atraídos por esos gritos que escucho, incluso el empleado de la verdulería ya no está.

La lluvia molesta, igual tomo el cable, retiro el capuchón, el cable se resbala de mi mano y me electrocuto.

Durante la última fracción de segundo adscripta a mi vida un pensamiento se forma en mi mente: “estalló la hecatombe zombi y yo sólo logré disfrutarla por apenas dos horas, soy un idiota, merezco morir”.

TP Ahumada. Extraído de “Sobre hecatombes futuras y pasadas”.

Podés acompañar el relato escuchando…

 


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