UNA PARCA

una parca

A  veces los compañeros del trabajo tienen sus particularidades, sino pregúntenle al protagonista de Una parca

Por TP Ahumada

—¿Quién eres tú?
—La muerte.
—¿Es que vienes por mí?
—Hace ya tiempo que camino a tu lado.”
Ingmar Bergman, El séptimo sello.

1

Vive en Castelar, pero la conocí en Ituzaingó. Delgado, mediando los treinta, enamoradísimo de su mujer. Pesando kiwis contó su historia y la reconocí.

2

Verla actuar resultó extraño. Hacíamos un par de cuadras juntos cuando un anciano lo llamó por su nombre. Un cambio imperceptible trocó su rostro en otra cosa.

—Es Pedro, te dejo…

En lugar de irme me quedé observando. El anciano lo abrazó, sonrió y se murió, luego la parca sacó a relucir su celular, marcó el 911 y se marchó.

3

No estaba la guadaña, no había rostro huesudo, no lucia los ropajes de Madame la Mort, y, sin embargo…

4

Un accidente vehicular, alguien con los huesos rotos grita su nombre expulsando un borbotón de sangre.

—Es Fernanda, te dejo…

El rito se repitió, pero sin llamar al 911, otra gente ya lo había hecho.

5

Indagué sobre sus hábitos, nada sorprendente perturbaba su vida. Un matrimonio feliz, sobrinos, alguna discusión con la vecina del tercero “B”… Ni macumbas, ni oscuridad, ni nada. Una cotidianeidad diáfana, luminosa, sazonada de alegrías…

6

La alerta meteorológica está anunciada. Peso el último kiwi y salgo corriendo. El viento se arremolina volviéndose vendaval. La vereda enladrillada, los siete cedros, el crujido.

7

Lo veo y lo llamo por su nombre. De inmediato comienza a caminar hacia mí. El tronco pesa, mi cuerpo tiembla, el gusto a metal en mi boca. En un parpadeo deja de ser él.

Entre sus muchos disfraces elige mostrarse como la muerte de Bergman en El séptimo sello. El sayo oscuro, los ojos claros, la pulcritud expresada en su rostro, sólo falta el tablero de ajedrez. Abrazarlo es un impulso que sólo uno de mis brazos obedece y entonces siento ese confort vernáculo y a la angustia disiparse. Cuando lo suelto ensayo una sonrisa y muero.

Vuelto el hombre que pesa kiwis, da un paso hacia atrás, extrae el celular de su bolsillo, marca el 911 y se marcha con rumbo a la felicidad de su hogar, en Castelar.

Extraído de Seres cotidianos no tan cotidianos


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