Y LA MUERTE NO LOS SEPARÓ

Y la muerte nos separó

Para celebrar el Día de los enamorados, nuestro escritor dominical abandonó su día de publicación habitual para regalarnos su particular visión sobre el amor en pareja en su nuevo relato Y la muerte no los separó.

Por TP Ahumada

1

Aquella mañana el cura desayuna un mistela delicioso olvidando que para el mediodía debe oficiar una boda. Sabio bebedor nadie nota nada y, sin embargo, llegado el momento de la frase crucial, un error beodo.

La tradición y el rito le exigen sellar el matrimonio pronunciando un “hasta que la muerte los separé”; en lugar de esto sus palabras son otras.

Y lo atado por Pedro en la Tierra, Dios no lo desate en los cielos.

2

Heladio enamoró a María Inés jineteando proezas ecuestres en los bosques de Palermo. Delgado, alto, la espalda recta como un hasta de bandera. Ella hija de inmigrantes, él criollo viejo.

—Otra vez, eso ya lo hablamos…

No, no lo habían hablado jamás.

El trabajo de Heladio lo requiere en lugares inhóspitos; los andes, los esteros del Iberá, el Impenetrable, la remota Ushuaia. Releva fronteras a lomo de caballo. Cuando novios, las anécdotas cosechadas en esas aventuras mantenían en vilo a María Inés; formaban parte de la batería de recursos que Heladio usufructuó para enamorarla.

—Pedile de una vez al director que te pase al escritorio… me ponen nerviosa tus andanzas… Ya lo hablamos.

3

Un sábado cualquiera se calza los breeches, las botas y el sombrero. Viven en el Barrio de Belgrano, pero su caballo pinto está guardado en Palermo.

—¿Otra vez, Heladio?… Eso ya lo hablamos…

Y no, no lo hablaron.

La mira. Vuelve a enamorarse de esos ojos negros. Nada disfruta más en la vida que montar en bríos a su noble bruto. La idea de no ceder se disipa cuando María Inés toma su mano.

4

Treinta años cediendo a cada capricho de su “amor” y de repente el infarto fulminante.

5

La fila, los carteles de “no se detenga o el ángel disparará”, la sentencia.

Camina bastante hasta alcanzar la puerta con el número “503”. Abrirla es encontrar un camino pampeano, la tranquera, el tanque australiano, el molino, las caballerizas. No le indicaron si le tocó el cielo, pero lo que ve y siente sabe a paraíso confeccionado a su medida.

Alguien le ceba unos mates y de allí a montar. Sangre joven vuelve a correr por sus venas, no pasa media hora que ya está hecho un centauro. La brisa pegándole en el rostro, el ser uno con el noble bruto, las botas de caña alta como talabarteadas a medida. Durante veinte años, todo es placer y gozo.

6

Nubes inusuales se dibujan en el horizonte. Una bandada de teros alza vuelo y huye. Relámpagos, el sonido de truenos señalando el avance de esa hecatombe tenebrosa.

De un momento al otro el caballo se desboca, tuerce el rumbo, ignora el mando de las riendas o el dolor del rebenque.

Heladio no comprende. Veinte años en este paraíso ecuestre y jamás un exabrupto semejante. El caballo corre como si lo estuviese picando con unas espuelas que él jamás usa. La impronta de la tranquera surge y el equino la salta como si fuese un pastito. Unos metros más y el cuadrúpedo se detiene por si sólo ante esa puerta solitaria estampada con el número “503”.

7

Al abrirse el portal los ojos de Heladio cristalizan un horror. Viste el camisón con el cual murió en la cama a los setenta años, no obstante, su rostro luce joven.

—¡Qué haces ahí arriba, Heladio!… Eso ya lo hablamos.

Petrificado digiere la frase.

—¡Qué infierno esa fila!… más gente no podía haber… culpa de ese tsunami que ocurrió en no sé dónde… —protesta María Inés—. Me pidió el de la entrada que te cuente… parece que el cura que nos casó se equivocó… ¿Te acordas?… Él debía decir “…hasta que la muerte los separé”. Pero pronunció otras palabras, “…y lo atado por Pedro en la Tierra, Dios no lo desate en los cielos”.

Heladio no necesita escuchar más. Veinte años ha pasado gozando cada día. Resignado desmonta. Tan apesadumbrado está que no tiene tiempo de maldecir al cura.

—¿Vivís allá? —señala María Inés apuntando hacia el casco de la estancia— Seguro que vivís allá… Bueno, yo estoy cansada, anda a buscar tus cosas que nos mudamos al “508”… ya lo arreglé todo con el viejo de la entrada… Un semipiso como en Belgrano…

En veinte años todo fue sonreír… ella, sus caprichos, las lágrimas…  todo eso sano olvido… ofuscado se pregunta él porqué… Una frase equivocada y toda una eternidad junto a ella… El infierno tan temido.

TP Ahumada. Extraído de “Ultramundo”.

Podés acompañar el relato escuchando…

 


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